viernes, 29 de mayo de 2015

ACERCA DE LA VIOLENCIA DE GÉNERO

La violencia doméstica, la violencia de género o mejor, la violencia en general, tiene su origen en el propio Génesis. El primer episodio de violencia doméstica registrado es precisamente el fratricidio de Abel por parte de su hermano Caín motivado por los celos enfermizos del segundo por lo que consideraba era un trato privilegiado de sus padres hacia su hermano.

Usualmente se tiende a identificar a la violencia doméstica con la violencia de género y si bien muchas veces se dan juntas, la segunda refiere a la violencia hacia el otro género, principalmente al femenino, en cambio la violencia doméstica tiene más que ver con lo vincular, independientemente del género de la víctima o del victimario. Es más, la violencia de género incluye otras formas de violencia que no se dan dentro del núcleo familiar como por ejemplo, el acoso laboral o la cosificación de las mujeres en tanto objetos sexuales.

Quienes me conocen saben de mi profunda vinculación con lo femenino, cuatro hermanas, cuatro hijas, siete sobrinas, madre, abuelas, tías, suegra, cuñada, muchas y excelentes amigas con las que he logrado vínculos muy profundos desde siempre, compañeras de trabajo y de estudio, en un mundo, como es la Psicología, ampliamente dominado por las mujeres, y sobre todo, una esposa a quien amo profundamente desde el primer día y con quien compartimos nuestras vidas hace ya más de veintisiete años. En fin, siempre me he sentido muy consustanciado con este mundo y siento que eso me ha ayudado de manera decisiva a desarrollar mi ánima y tal vez por eso me duele tanto, a la vez que me produce una profunda vergüenza la violencia de género, en todas sus formas, desde las más sutiles a las más flagrantes.

Pero volvamos al Génesis. Según este relato del mito de la Creación, luego de crear Dios todas las cosas, decidió crear al hombre (varón, no genérico) a su “imagen y semejanza” y regalarle todo, y luego, al ver que “no es bueno que el hombre esté solo”, lo sumió en un profundo sueño y de una de sus costillas (no de Dios, del hombre) creó a la mujer.
Me cuesta mucho aceptar esta versión, que creo encierra las semillas de la discriminación y la dominación. Me gustaría mucho más una donde dijera que “Dios, al observar toda su Creación, decidió crear a alguien que cuidara, protegiera, se hiciera responsable de todo eso y por eso, tomó barro de la tierra (para reafirmar que de allí venimos y somos uno con ella) moldeó dos figuras y les dio su aliento divino. Hombre y Mujer los creó para que JUNTOS, se hiciesen cargo de todo lo creado”.
Pero no termina aquí la cosa, El mismo texto hace a la mujer responsable de la “caída del Paraíso”. Este relato, que deja al hombre muy mal parado, como un ser totalmente influenciable, sin criterio propio, tal vez para reafirmar aún más la responsabilidad de la mujer en el “pecado original”, consagra de alguna forma, la idea de que “no se las puede dejar solas y por eso el hombre debe estar por encima”, que nos ha venido acompañando desde los albores de los tiempos hasta nuestros días.
Esta visión de la realidad, escrita seguramente por hombres, como la casi absoluta mayoría de la Historia de la Humanidad, no hace más que consagrar la idea de que éste no es uno más en la Creación, sino que está por encima de ella, al igual que de las mujeres, y por ende puede hacer uso y abuso, como ha ocurrido a lo largo de los milenios desde que el homo sapies se irguió y tomo distancia del resto de las especies del reino animal.
El Tantra, filosofía oriental milenaria, propugna el crecimiento espiritual y su desarrollo a través de la unión de los opuestos. El principio masculino unido al principio femenino en un abrazo fecundo que implica la totalidad. Dice también, que el principio masculino, Shiva, alejado del femenino, Shakti, cae fácilmente en el caos y la destrucción.
El Dr. Carl G. Jung planteaba que el culmen del proceso de individuación se alcanza cuando se logra la integración de los opuestos, el ánima, lo femenino en el hombre y el animus, lo masculino en la mujer, y de esa forma se produce el desarrollo pleno de la psiquis humana.
Es que el uno sin el otro estamos rengos, disociados y caemos fácilmente en la desolación que nos lleva fácilmente a la necesidad de control.

El hombre, referido aquí al género masculino, ha logrado a lo largo de la historia prácticamente todo lo que se ha propuesto. Ha dominado todo lo que se le ha antojado, ha puesto incluso su pie en la luna y piensa en Marte como su próximo objetivo. Ha logrado un desarrollo tecnológico que cuesta creer y que no hace muchos años parecía ciencia ficción pura. Cuesta asimilar la idea de que puedo escribir esto en mi teléfono celular y que al instante pase a la “nube” y por lo tanto se pueda acceder a ello en cualquier recóndito lugar del planeta.
Sin embargo, hay dos cosas que el hombre no ha logrado y que se han convertido en sus más grandes “heridas narcisistas”: vencer a la muerte y que en su interior se geste el “maravilloso milagro de la vida”.

En mi libro “Encuentro con el Brujo” esbocé mi teoría que di en “envidia del útero” en referencia a la teoría freudiana de la “envidia del pene” y comencé a desarrollarla, algo que excede mi intención en este momento, por lo que, a quien le interese, le invito a leer el capítulo referido a ello: “La Mujer Nahual”, disponible también en este blog.
Sin embargo, me gustaría adentrarme un poco en el tema.
La “herida narcisista” que implica no poder “ser madre”, siento ha generado en los hombres un alejamiento notable y un fuerte rechazo de su ánima, de todo “lo femenino” que pueda encontrar en él. El padre dice al niño, por pequeño que este sea, “no llores, no seas maricón, los hombres no lloran” y de esa forma le enseña a reprimir sus afectos, porque ser sensible es “cosa de mujeres”. Si a un varón le gusta más leer poesía que jugar al fútbol, automática mente surge el “este debe ser medio rarito”, con la consiguiente segregación. En fin, podría poner infinidad de ejemplos que ilustren el fuerte rechazo y la negación que la mayoría de los hombres sienten sobre “lo femenino” que hay en ellos.
Y por otro lado, de la misma forma que intenta controlar y mantener bajo siete llaves a su ánima, siente la imperiosa necesidad de controlar y dominar a la mujer.
Los seres humanos siempre hemos tenido la tendencia a demonizar y aniquilar todo aquello que no comprendemos o que escapa a nuestro control en una suerte de “formación reactiva” que busca ponernos a salvaguarda de aquello que por ser tan perturbador, sentimos que pone en riesgo nuestra identidad.
El problema es que los hombres no pueden ni nunca pudieron prescindir de las mujeres, por lo tanto, la única solución que encontraron a lo largo de la historia fue someterlas de las más variadas formas y para eso ha utilizado los más variados mecanismos de dominación.
Todos tendemos a asociar la violencia de género a la forma tal vez más grave: la violencia física, que va desde los golpes a la mutilación y que llega a límites extremos como lamentablemente vemos casi a diario tal vez respondiendo a la sentencia retratada en el cine y en la música de “la maté porque era mía” que, más allá del cliché, hace referencia a la idea ancestral, tal vez desde que Adán se entera que Eva proviene de una de sus costillas, de que la mujer es de propiedad del hombre. Basta ver que muchos hombres se refieren a sus parejas como “mi mujer” o que hasta no hace mucho, las mujeres firmaban como “de” y el apellido de sus esposos, o como ocurre en otro países, que directamente la mujer renuncia a su apellido para adquirir el de su cónyuge, como si el contrato de matrimonio convalidara un derecho de propiedad.
Pero además de ésta, existen formas mucho más sutiles de dominación que el hombre ha ido refinando a través de los siglos. La violencia psicológica que busca doblegar la integridad psíquica del otro, utilizando para ello la desvalorización, la degradación o la humillación, contando para eso, lamentablemente en muchos casos, con la complicidad de las propias mujeres que, por haber sido criadas en esos parámetros, colaboran para sostener el modelo convenciendo muchas veces a sus hijas, por ejemplo, de la necesidad de “tener un hombre al lado”. Como decían en mi pueblo, “tenés que conseguirte un novio o te vas a quedar a vestir santos”. Tan profundo llega la huella del sometimiento y la dominación que todos conocemos casos en que la víctima termina identificándose con el agresor y justificando las aberraciones más atroces.
Pero sin legar a esos extremos, sincerémonos, ¿cuántos  hombres confían realmente en una mujer? Los estadounidenses, auto proclamados paladines de la democracia, prefirieron antes votar a un  presidente negro, con todo lo que esto implica, antes que a una mujer. Si un hombre debe consultar a un especialista por una enfermedad complicada y tiene como opciones a un hombre y a una mujer, ¿cuántos eligen a la mujer? Sin un hijo se enferma, ¿quién falta a trabajar y quién se queda en casa a cuidarlo? Si en una casa hay un coche europeo y un auto chino, quien maneja uno y quien el otro? Aunque no lo parezca, porque están demasiado naturalizadas en nuestra sociedad, esas también son formas de violencia de género.

Ahora bien, ¿qué hacemos con todo esto? Como hombre comprometido en la búsqueda de caminos que colaboren a cambiar esta realidad, lo primero que me surge es pedir perdón en nombre de mi género de milenios de violencia, discriminación, persecución e injusticia en el entendido que la reconciliación solo es posible si antes hay un reconocimiento del daño. En segundo lugar, mi reconocimiento público de mi convencimiento de que el verdadero “sexo fuerte” es el femenino. Los hombres podremos hacer proezas físicas increíbles, pero ningún hombre es capaz de soportar lo que logra una mujer, desde un parto, pasando por todo lo que implica, por ejemplo un embarazo complicado, al dolor inenarrable de la pérdida de un hijo. He conocido muchas mujeres que toleran estoicamente vejámenes de los más bajos para ver a sus parejas o a sus hijos semana tras semana privados de libertad y he visto también mujeres pasar hambre literal y simbólicamente hablando, con tal de darle a sus hijos lo que necesiten y más. ¿Cuántos hombres son realmente capaces de esto?


Por todo esto y por la profunda admiración que siento por el género femenino es que desde hace muchos años estoy comprometido con la idea de un cambio de consciencia que nos permita evolucionar de nuestro yo individual y narcisista a una consciencia del nosotros, de que no somos los “amos de la creación” sino uno con ella y por lo tanto podamos ver al otro sexo como nuestro par y así poder reconocerlo, honrarlo, valorarlo y respetarlo como se merece. Convencidos además de que solo a través de la integración amorosa de los opuestos podremos lograr los cambios necesarios que nos alejen de la autodestrucción como Humanidad.

domingo, 8 de marzo de 2015

Mi homenaje a todas las mujeres, en especial a las 5 que le dan sentido a mi vida

LA MUJER NAHUAL
 (De "Encuentro con el Brujo") 

    “– Por ti solo no tienes suficiente energía para llevar a cabo la última tarea de la tercera compuerta del ensueño –prosiguió–, pero si te aúnas a Carol Tiggs, ustedes dos pueden ciertamente hacer lo que tengo en mente.
... Don Juan se rió entre dientes y dijo: – Tú y Carol Tiggs nunca han ensoñado juntos. Vas a descubrir lo que es un deleite. Las brujas no necesitan de ningún sostén. Ellas simplemente van a ese mundo cuando quieren; para ellas hay siempre un explorador listo... – ¿Por qué crees que traje a Carol Tiggs conmigo cuando tuve que sacarte del mundo de los seres inorgánicos? –preguntó–. ¿Crees que lo hice porque es hermosa?.
–¿Por qué lo hizo, don Juan?.
– Porque yo no lo podía hacer solo; y para ella eso no fue nada. Tiene una afiliación natural por ese mundo.
–¿Es ella un caso excepcional, don Juan?.
–Las mujeres en general tienen una inclinación natural por ese reino, por supuesto que las brujas son las campeonas, pero Carol Tiggs es la mejor de las que yo he conocido. Como mujer nahual su energía es espléndida.”

                                          Carlos Castaneda, “El Arte de ensoñar”

    Me han estremecido un montón de mujeres, canta Silvio Rodríguez, y siento que pocas veces la letra de una canción tiene tanto que ver con mi vida.
    Soy el mayor de cinco hermanos y el único varón, tengo cuatro hijas, por lo que convivo con cinco mujeres, pero además, lugar a donde voy, por motivos de trabajo, de estudio o por lo que sea, siempre me encuentro rodeado de mujeres. Como digo siempre, un poco en broma y otro poco en serio, siento que lo mío ya es una cuestión de karma.
    Pero bueno, sé que en un mundo donde las mujeres son abrumadora mayoría, esto que me ocurre a mí no debe ser tan extraño. El tema es que siento que esta circunstancia de mi vida me ha marcado decididamente.
    Como ya he contado, nací y crecí en el seno de una familia profundamente religiosa, hice la escuela primaria en un colegio de religiosas y siempre estuve bastante vinculado a la Iglesia, todo esto sumado a los acontecimientos que viví en el verano de 1985, a los que me referiré más extensamente más adelante, y a la irrupción en mi vida de quien ha sido uno de mis más grandes maestros, un sacerdote jesuita que me enseñó a ver y vivir la Fé de una forma completamente distinta a todo lo que había conocido hasta el momento y que encajaba a la perfección con la forma en que yo intuía que quería vivirla, me llevó a que sintiera fuertes cuestionamientos de tipo vocacionales. Esto condujo a que, a sugerencia de este sacerdote que por ese tiempo se había convertido en mi guía espiritual, decidiera realizar un retiro espiritual con el objetivo de lograr un discernimiento que me permitiera clarificar esos cuestionamientos. Fue una instancia muy productiva, no solo porque clarifiqué que lo mío no pasaba por una vida consagrada, sino porque durante esos días del retiro entré en contacto con todo lo que las mujeres habían significado en mi vida y la profunda influencia que en mí ellas habían ejercido. Lejos estaba de imaginarme en esos momentos lo que luego vendría con respecto a este tema, pero esa fue la primera vez que tuve un encuentro profundo con esa realidad. Allí por primera vez pude tomar contacto con cómo las mujeres han sacado y sacan lo mejor y lo peor de mi. Allí me di cuenta por primera vez que muchas de ellas han sido verdaderas maestras  y otras han sido adversarias implacables y todas ellas, de alguna forma me han dejado enseñanzas invalorables. Recordé por ejemplo que la primera vez que me sentí verdaderamente ruin fue a raíz de la crueldad con la que me comporté con una compañera de liceo que se sentía muy atraída por mí y a la cual alejé pegándole donde más le dolía. Recordé también que nunca me había sentido tan cerca de la locura como durante mi relación con una novia con la que tuve una relación que rayaba con lo patológico y que, por otro lado, fue ella quien me impulsó a realizar mi primer proceso terapéutico y de esa forma me re-introdujo al mundo de la Psicología. No es lo único que le debo, pero sí creo que es lo más importante.
    También recordé durante esa recapitulación que hice sobre mi historia con las mujeres, la profunda influencia que en mí ejerció  mi docente de Filosofía del liceo. En gran medida es a ella a quien le debo el que esté escribiendo y también mi trabajo como terapeuta. Tengo grabado a fuego el recuerdo del día en que, durante un escrito para el cual no había estudiado mucho, y tal vez porque me daba una vergüenza enorme entregar la hoja semi en blanco, sobre todo a ella, decidí escribir sobre lo que sentía respecto al tema y las vivencias que me generaba. Enorme fue mi asombro cuando recibí la corrección del mismo. Siento que fue la primera persona que me habilitaba para hacer algo que luego, varios años mas tarde, aprendería como fundamental en el proceso de crecimiento de una persona y por lo que lucho a diario, entrar en contacto con los sentimientos y expresarlos. Fue ella además quien me introdujo en la Psicología y quien, a partir de la pasión con que daba sus clases, sembró en mí la semilla que otra mujer se encargara de enterrar pero que, varios años después, una nueva mujer, la más importante, se encargara de regar y hacer germinar, mi vocación por este fascinante mundo.
    Y hay más, tomé contacto también con la profunda influencia que ha tenido en mí el haber crecido en un hogar que compartí con cuatro hermanas y cómo eso me ha ayudado a poder generar fuertes vínculos de amistad con distintas mujeres a lo largo de mi vida, a comprenderlas, respetarlas, a poder empatizar con ellas.
    Pero también recordé otras mujeres que me marcaron a fuego y dejaron en mí enseñanzas que me acompañarán mientras viva.  Como ya he dicho, nací y me crié en una pequeña ciudad del interior del país. En una sociedad que, por lo menos en ese momento, se regía por las normas de un machismo recalcitrante. Dentro de esa concepción, las prostitutas eran consideradas como seres “infrahumanos” a las que no se las veía más que como meros objetos cuya única función era satisfacer las “necesidades” de los hombres del pueblo y por lo tanto se las confinaba en prostíbulos ubicados en las afueras de la ciudad. Durante un período de mi adolescencia, era moneda corriente que los sábados termináramos nuestras salidas nocturnas en esos prostíbulos. Es bueno comentar que en el interior ese tipo de lugares están compuestos por un bar donde los transeúntes consumen alcohol previo a utilizar los servicios de alguna de las “chicas” o, simplemente, como era el caso mío y de los que iban conmigo, tomábamos algo y “departíamos amablemente” con los allí presentes. Fue así como muchos domingos amanecí inmerso en grandes charlas con “mujeres de la vida”, lo cual incluso ocasionó que más de una vez me llevara “rezongos” de los dueños de los “establecimientos” por distraer a “sus chicas” y no dejar que atendieran a los “clientes” como correspondía. ¡Cuanto aprendí de esas mujeres y cuanto les debo! En gran medida ellas fueron mi primer contacto con personas desposeídas. Allí conocí de cerca el dolor, la humillación, la desesperanza, la marginación, de personas sumamente sensibles, mucho más humanas que muchas de las que conocía en mi vida “del centro”, que, en muchos casos contra toda esperanza, mantenían intactos sus sueños, tal vez la única forma de sobrevivir ante la crueldad de ese mundo en que vivían. Aprendí a respetarlas, a valorarlas. Aprendí con ellas a ver más allá de lo obvio, a poder ver a la persona que había más allá del maquillaje y del personaje que encarnaban en ese momento. Pude ver sus valores, sus códigos de ética, pude ver a madres amantísimas, a mujeres que cuando se entregaban lo dejaban todo, sin reservarse nada aunque les costara, como a muchas de las que conocí, llevar heridas que las irían desangrando por el resto de sus vidas.
    Y también aprendí que si ellas estaban allí no era porque sí. Aprendí acerca de la hipocresía de una sociedad que las usa, que las necesita para saciar sus “más bajos instintos” y a su vez las margina, las coloca en los suburbios y se escandaliza cuando se pasean por el “centro”, como hace con todo aquello que le recuerda sus miserias.
    En su canción “Gení y el zeppelín”, Chico Buarque, cuenta la historia de una joven marginada a quien la ciudad toda gritaba “tire piedras a Gení /   tire piedras a Gení / ella está para aguantar / ella está para escupir / se entrega no importa a quién / maldita Gení” hasta que un día aparece un “enorme zeppelín” lleno de armas y cuyo capitán se propone destruir la ciudad a menos que la joven cuya belleza le había cautivado se entregara a él por una noche. Fue así como “la ciudad toda en romería, el alcalde de rodillas, el obispo a hurtadillas”, suplicaron a Gení que les salvara. “Anda con ése Gení / anda con ése Gení / la que nos puede salvar / la que nos va a redimir / se entrega no importa a quién / bendita Gení” pasó a ser el canto que conmovió a la joven a tal punto que, logrando vencer su asco, se entregó al capitán. Este cumplió su promesa y se alejó de la ciudad llevándose con él el peligro por lo que la ciudad toda volvió a cantar “tire piedras a Gení...”[1] Creo que pocas letras retratan con tanta claridad lo que vengo hablando. Por eso sé que es a ellas a quienes debo el haber encendido en mí la sensibilidad frente a todos aquellos que por ser “diferentes”, sea por sus capacidades, por su color, por su sexualidad, por su credo o por su estilo de vida, son marginados, y mi compromiso por luchar junto a ellos para cambiar esa realidad.
    Muchas veces me pregunto qué habrá sido de ellas y muchas veces tengo miedo a descubrirlo. Pero sea donde sea que estén y aunque sé que es poco probable que algún día lean esto, quiero hacer público mi homenaje de agradecimiento a todas ellas por todo lo que me dieron y enseñaron.
    Pero la profunda influencia de las mujeres en mi vida no quedó por allí. Desde ese retiro en que tomé contacto con esta realidad hasta ahora, muchas han sido las mujeres que han tenido lugares sumamente protagónicos. Compañeras de trabajo, de estudios, amigas, maestras, pacientes, mis hijas. Tantas que he decidido no nombrarlas aquí porque sé que seguramente cometería la injusticia de dejar alguna afuera. De todas formas, sí quiero referirme a una en especial. El mismo sacerdote que me guió en ese retiro espiritual fue quien me presentó a la mujer que más influencia ha ejercido en mi vida. Recuerdo claramente el día que me dio su número de teléfono porque era ella quien, a su juicio, era la persona indicada para introducirme en la Parroquia y en los grupos de jóvenes que allí funcionaban. Dudo que Jorge imaginara el enorme regalo que me estaba haciendo. Recuerdo también con suma claridad que fue en su despacho donde la vi por primera vez. A lo largo de todo este libro ustedes han leído acerca de sucesos donde Ana ha sido principal protagonista, pero me gustaría referirme aquí a dos momentos en los cuales me acompañó a la oscuridad más profunda y fue gracias a ella y a su guía, que logré encontrar el camino de salida.
    El 23 de julio de 1989 fue sin lugar a dudas uno de los días más felices de mi vida. Era un frío y lluvioso domingo y durante todo el día toda la familia estuvo pendiente de los dolores de parto que con mucha intensidad aquejaban a Ana, pero fue ya entrada la noche cuando participé en primera fila de uno de los espectáculos más maravillosos que persona alguna puede presenciar. Tengo grabado a fuego en mis retinas el momento en que vi aparecer la cabecita de Silvina, la primera de mis hijas y la única que tuve la dicha de recibir en el momento mismo de su nacimiento. Cualquiera que haya participado de tan impresionante experiencia podrá entender cómo me sentí en ese momento, la inagotable sucesión de sentimientos que fluyeron desde los lugares más recónditos de mi ser.
    Ese fue sin duda uno de los momentos más felices de mi vida aunque una sombra pasó por mi corazón cuando vi que el neonatólogo se llevó a Silvina unos instantes, luego de lo cual me dijo que esa noche pasaría en observación en la nursery porque algo no había andado del todo bien en el parto. Poco tiempo después sabría que durante el trabajo de parto hubo un momento en que le faltó oxígeno y eso le causó sufrimiento fetal.
    Ana y yo estuvimos toda la noche en vela esperando que pasaran las horas de observación para tener a nuestra hija con nosotros. Juntos esperamos, juntos comenzamos a preocuparnos cuando pasaban las horas y no venía, y juntos estábamos cuando la pediatra vino a decirnos que las cosas no estaban bien y habían decidido trasladar a Silvina al CTI. Fue un mazazo tremendo, como nunca antes había sentido y si no me derrumbé fue exclusivamente porque Ana estaba a mi lado. A partir de allí todo fue un infierno del cual recién comencé a salir una vez que, varios días después, Silvina llegó a casa. Las circunstancias del calvario que vivimos esos días y que de alguna forma  se extiende hasta hoy, no vienen al caso en este momento, pero lo que si quiero compartir es que difícilmente hubiese podido salir adelante si no hubiese tenido a Ana a mi lado, luchando codo con codo, sosteniéndonos el uno al otro, no dejándonos caer ni resignándonos aun en los peores momentos.
    El otro episodio ocurrió un año y medio después y ya me he referido a él. Nunca podré olvidar el momento en que Gladys, la vecina de la casa de mis suegros en Costa Azul, vino a buscarme porque me llamaban por teléfono. Hacía solo un rato que habíamos llegado a ese balneario con la idea de pasar allí mi cumpleaños y la Navidad y solo unas horas me separaban del momento en que me había despedido de mi familia que volvía a Dolores luego del sepelio de mi tío Carlos. Nuevamente sentí que el mundo se me venía encima cuando la persona que estaba del otro lado del teléfono me dijo que mi padre había fallecido en el accidente, y nuevamente sé y siento que si no perdí la razón fue porque desde el primer momento Ana estuvo allí, a mi lado, sosteniéndome.
    Desde que la conocí supe que era la mujer con la que quería construir mi familia, con quien quería envejecer y en cuyos brazos me gustaría estar cuando me llegara la hora, pero fue después de esos dos episodios que pude calibrar realmente la fuerza interior, la entereza y la enorme capacidad de amar de la mujer que Dios, el universo, o como quieran llamarle, puso a mi lado. Y sé, con ese saber que no proviene de la razón, que mucho de lo que soy y he hecho desde que la conozco se lo debo a ella, incluso que esté escribiendo estas páginas. Con ella y gracias a ella he vivido los momentos más felices de mi vida, y con ella y gracias ha ella he logrado salir del infierno. 

    En contrapartida a la famosa “envidia del pene” que el Dr. Freud desarrolla en el contexto de su teoría de la castración, creo que existe una verdadera “envidia del útero” que los hombres hemos sentido desde el comienzo de los tiempos. Envidia muy reprimida y negada por cierto pero que existe. Los hombres podemos hacer prácticamente todo y nos jactamos de ello, pero hay algo que no podemos hacer, participar del más grande de los milagros de la Creación. No hemos logrado, y posiblemente nunca lo lograremos, el milagro de que en nuestro interior se geste la Vida, dado que carecemos de un útero que se convierta en el templo que por nueve meses albergue a un nuevo ser. Sallie Nichols, hablando acerca de la carta número 2 de los arcanos mayores del Tarot, la Papisa, se refiere a la leyenda del Papa Juan, quien resultara ser una mujer, hecho que quedara en evidencia cuando en medio de una procesión solemne, diera a luz una criatura, y plantea que “aunque el verdadero Papa Juan hubiera podido dominar vastos reinos espirituales y temporales, jamás hubiera podido realizar este milagro que se repite a diario. El hombre puede propagar y celebrar el Espíritu Divino, pero sólo a través de la mujer se encarna el espíritu. Es ella la que acoge la chispa divina en su vientre, la protege y alimenta y finalmente la hace realidad. Ella es el vehículo de transformación.”[2]
    Aunque nos fastidie admitirlo, esa es una profunda “herida narcisista” que, entre otras cosas, creo yo justifica las profundas injusticias a las que los hombres hemos sometido a las mujeres desde el comienzo de los tiempos.   Tanto es esto así que desde el Génesis, escrito seguramente por hombres, ponemos a la mujer en una posición de inferioridad. “Primero creó Dios al hombre y como luego se dio cuenta de que no era bueno que estuviese solo, entonces creo a la mujer a partir de una costilla de éste” es decir, la mujer es una derivación del hombre, pero además, mientras el hombre tenía la Misión Divina de gobernar sobre todas las criaturas de la Creación, la misión de la mujer no es co-gobernar, sino hacerle compañía. Y luego, como si esto fuera poco, según la “historia oficial”, la mujer es la causante de la caída del Paraíso. Sin embargo, es, en la tradición cristiana pero también en muchas otras, una mujer la encargada de hacer realidad la posibilidad de la salvación. Sin la entrega total y desinteresada de María y de su útero, que permite la encarnación del Espíritu Divino, no hubiese sido posible la venida al mundo del Salvador. En otras palabras, sin la presencia de la mujer y, por lo tanto, de lo femenino, no hay trasformación posible. Por todo esto es que comparto plenamente  con Nichols, que “en su nivel más profundo, el movimiento de liberación femenina no es, ni debe ser, agrego yo,  una guerra entre los sexos, sino más bien, una batalla que se libra por parte de los dos para liberar al principio femenino del calabozo del inconsciente y para elevarlo al lugar que le corresponde, que es el de co-gobernadora junto con el principio masculino.”[3]       
    Lejos está de mi intención establecer una polémica ni psicológica ni teológica, solo pretendo facilitar la reflexión de lo que ha sido la historia del vínculo entre los hombres y las mujeres y la visión que hemos tenido sobre éstas, quiero tratar de desentrañar por qué, siendo que las mujeres siempre han sido mayoría, han sido tan denostadas, mancilladas, agredidas, ultrajadas. ¿Por qué existen tan pocas mujeres premio Nobel, tan pocas mujeres en los gobiernos?, ¿por qué llama tanto la atención ver a una mujer candidata a presidente? ¿Cuántos de nosotros, si tenemos la opción, elegimos subir a un taxi conducido por una mujer? ¿Por qué es necesario hacer una campaña mundial para detener la lapidación viva de una mujer?  Parece que para considerar a una mujer “digna de confianza” es necesario que sea realmente “fuera de serie” y se le exige muchísimo más que a un hombre, la historia está llena de ejemplos de esto. Y qué decir de sistemas como el tristemente celebre Talibán donde se trata mejor a los animales, o la hipocresía de sociedades como la nuestra donde la mujer es  convertida en objeto que se usa para vender mejor una cerveza, un balneario o su propio cuerpo.
    Lamentablemente esta actitud profundamente discriminatoria de “lo femenino” tiene como directa consecuencia, o tal vez visto de otro modo, causa, la falta, en algunos casos absoluta, de contacto con nuestro “lado femenino”, con lo que Jung llama el ánima. Según el Dr. Jung, en nuestro inconsciente existe una segunda figura simbólica a la de nuestro propio sexo pero que integra nuestra psiquis y llamó a esa figura ánima o animus según que encarne respectivamente “lo femenino” en el caso de los hombres o “lo masculino” en el caso de las mujeres. Y es fundamental para el desarrollo de nuestro “proceso de individuación” el contacto profundo con esas figuras y la consecuente integración de las mismas. Solo así podemos por lo menos acercarnos a la completud y al desarrollo pleno de nuestra psique.
    Es a través de la interacción dinámica de los polos femenino – masculino, que logramos alcanzar el éxtasis de la reconciliación que ilumina nuestras vidas y nos permite percibir la totalidad de la trascendencia. Y es “a través de la otredad de la relación sexual donde mejor experimentamos el poder dinámico de los opuestos en nuestras energías[4] al punto tal de que “el individuo puede alcanzar en esta experiencia, la sensación de haber trascendido las fronteras de su identidad y de su ego tal como se definen en un estado ordinario de conciencia” como ocurre en el sexo oceánico, cuyo fin es “alcanzar la unión trascendente de los principios masculino y femenino”.[5]
    Esta unión entre lo masculino y lo femenino no está ausente en el mundo de don Juan, según él, el nahual puede ser tanto hombre como mujer. Las mujeres lo fueron al comienzo de su linaje pero su pragmatismo natural los condujo “hacia pozos de practicalidades de los que casi no pudieron salir. Entonces, los hombres asumieron la conducción y los condujeron hacia pozos de imbecilidades de los cuales apenas estamos saliendo ahora”, por lo que, “desde hace unos doscientos años, ha habido un nexo conjunto de esfuerzo, compartido entre un hombre y una mujer. El hombre trae sobriedad; la nujer nahual trae innovación”.[6] 
    Según el Dr. Jung,  es el “ánima”, en tanto personificación de todas las tendencias psicológicas femeninas en la psique de un hombre, la que nos permite entrar en contacto con aspectos de la psique que se consideran atributos esenciales del principio femenino como la habilidad de conectarnos de manera creativa con nuestros sentimientos, nuestra intuición, “las sospechas proféticas, captación de lo irracional, capacidad para el amor personal, sensibilidad para la naturaleza y –por último pero no en último lugar– su relación con el inconsciente”.[7] Es fundamental el papel que el “ánima” cumple como guía del hombre hacia las profundidades de su interior y es ella quien trasmite los mensajes vitales del sí mismo. Por eso es de vital importancia para el hombre hacerse consciente de su “ánima” y que ese contacto profundo le inspire y conduzca hacia su propia totalidad.
    Ya he hablado de mi profunda admiración por la obra de J. R. R. Tolkien y como ella ha influido en mi vida, especialmente su obra cumbre, “El Señor de los Anillos”. Pocos son los personajes femeninos que aparecen en esta obra pero ninguno de ellos pasa desapercibido, todos tienen una importancia fundamental, tal vez porque todos ellos encarnan aspectos de ese principio femenino del que tanto he hablado en estas páginas. Pero quiero detenerme un instante en uno de ellos, Galadriel, la Dama elfa soberana del bosque de Lothlórien. Tolkien retrata en ella de manera excepcional al “ánima” y al papel que ella desempeña. Muchos son los hombres valientes que temen adentrarse en las profundidades del bosque de Lothlórien porque temen encontrarse con la “bruja” que allí reside, sin embargo, una vez que la conocen, ese encuentro marca sus vidas de manera irreversible como es el caso de Gimli, el enano, quien al principio la consideraba su enemiga, pero que, luego de conocerla y al abandonar el bosque, siente que “aunque cayera hoy mismo en las manos del Señor Oscuro, la peor herida la ha recibido en esa separación”.[8] Tal vez su mayor peligro está en que puede adentrarse en las profundidades del corazón de los hombres y conocer por ello sus más oscuros secretos como en el caso de Boromir, a quien atormenta al descubrir su deseo de apoderarse del Anillo. Pero es también la portadora del Espejo de Galadriel, al cual puede ordenar que muestre lo que deseen ver, pero que cuando se lo deja en libertad es que muestra las cosas más provechosas. Cosas que han ocurrido y otras que ocurrirán o no, según que quien mire las visiones se aparte o no del camino que lleva a prevenirlas en el caso que sean malas, o a cumplirlas en caso de que se trate de sueños profundamente atesorados. Y también es Galadriel quien regala a Frodo, el Portador del Anillo, la luz que iluminará su camino y el de Sam, su fiel compañero, en las terribles oscuridades del Mordor, alimentando con ello la débil esperanza, y a Sam las semillas y la tierra que le permitirán reconstruir la Comarca luego de la devastación.
    Todo esto hace el “ánima”, atemoriza y puede llegar a influir de forma destructiva a quien no es consciente de ella, pero inspira y conduce a quien se anima a conocerla. Ella es quien nos muestra las imágenes más profundas de nuestro inconsciente y nos guía en el camino hacia nuestro sí mismo y por lo tanto a nuestra totalidad. Y ella es quien nos permite entrar en contacto con nuestro potencial creativo.

    Por todo esto es que me siento profundamente agradecido a todas aquellas mujeres que de alguna forma u otra han facilitado mi crecimiento, me han puesto en contacto con mi “ánima” y con ello me han ayudado a ser alguien más completo. Y como mi homenaje a todas ellas me permito tomar prestado este poema que una de las mujeres que más quiero en este mundo, mi hija Magdalena, escribiera con solo 11 años y que creo expresa de forma por demás clara lo que siento es el principio femenino.            
  
Sus cabellos dorados caen sobre sus hombros.
Sus ojos grises y maravillosos lucen en su cara hermosa
y  en su alma atrapada que desea libertad.
Pero el amor se la impide y su corazón se la pide
llevándola al escape y al peligro quizá.
Pero al fin su deseo está hecho realidad.
Aunque no está completo, le falta algo más.
Le falta salir a la lucha y a la guerra quizá.
Eso es lo que ella piensa, tal vez no sea realidad
Porque le falta el amor de un hombre
que luego conseguirá.



[1] Chico BUARQUE,  “Gení y el zeppelín” del disco “Chico Buarque en español” año 1984.
[2] Sallie NICHOLS, “Jung y el Tarot”, pág. 109.
[3] Idem, op. cit. pág. 115.
[4] NICHOLS, op. cit. pág. 116.
[5] GROF, op. cit. págs. 247-254.
[6] Carlos CASTANEDA, “El lado activo del Infinito” pág. 93.
[7] Carl G. JUNG, “El hombre y sus símbolos” pág. 180.
[8] J. R. R. TOLKIEN, “El Señor de los Anillos – La comunidad del anillo” pág. 508. 

miércoles, 3 de julio de 2013

El vínculo terapéutico en el enfoque gestáltico


Artículo publicado en Revista Opción Médica de junio

Hace muchos años, cuando comenzó a salir a la venta la espuma de afeitar que venía a sustituir a la tradicional crema y a la brocha, había una publicidad de una conocida marca, que aún hoy sigue siendo líder, que decía “yo creía que lo que ablandaba la barba era la brocha, y resulta que es la espuma”
Uds. pensaran que “¿Qué tiene que ver esto con el vínculo terapéutico?” En realidad, lo traigo a cuento porque fue lo que me vino a la mente cuando comencé a pensar en cómo plantear este tema, dado que, parafraseando a la publicidad, “muchos creen que lo que cura es el terapeuta, o peor aún, la teoría y resulta que lo que sana es el vínculo”.
Antes de entrar a profundizar en el tema, me parece de estricto orden, aclarar la visión que desde la Psicoterapia Gestáltica tenemos acerca de dos aspectos fundamentales, la cura y el rol del terapeuta.
Terapeuta proviene etimológicamente de la palabra griega therapeutes y quiere decir persona que colabora en el proceso curativo. A diferencia de lo que ocurre en otros encuadres derivados del modelo médico, donde el paciente es un ser pasivo, que concurre a la consulta a buscar a alguien que le pueda decir lo que tiene y le proporcione una cura, el “lugar del supuesto saber” del psicoanálisis, en Gestalt tenemos claro que las respuestas están dentro del propio paciente y nuestro cometido es colaborar con la persona a echar luz sobre el cómo y el para qué de sus formas de funcionamiento para, desde allí, poder apuntar al cambio.
Por eso no podemos hablar de “cura”. Nuestro modelo terapéutico no se maneja con un enfoque salud-enfermedad, el objetivo último de la Terapia Gestaltica es la Auto actualización de la que hablaba Maslow, el lograr que la persona pueda remover los obstáculos que impiden el desarrollo pleno de su ser y que, de esa forma, la persona se convierta en la mejor versión de sí mismo.
Por lo tanto, para nosotros, un proceso terapéutico puede considerarse exitoso cuando el paciente ha conseguido modificar su forma de organizar su campo experiencial, pudiendo resolver sus situaciones inconclusas (gestalts inconclusas) y dejando de lado los viejos patrones (gestalts fijas) asumir la responsabilidad y el control de su propia vida y por ende de su futuro.
Siempre repito a mis pacientes que yo no tengo éxitos terapéuticos. En todos los casos, los éxitos son de ellos, en el vínculo, y yo no soy más que un colaborador, un facilitador y un testigo privilegiado del hermoso proceso de su transformación.
En la Psicoterapia Gestáltica el vínculo terapéutico implica que terapeuta y paciente se encuentren en un diálogo yo – tú. Este encuentro implica una forma de relación horizontal donde terapeuta y paciente, en un plano de igualdad,  que no significa desconocer la indispensable diferencia de roles del contrato terapéutico, asumen juntos la responsabilidad del proceso.
Esto implica además y necesariamente un profundo respeto por el paciente, por su proceso y por sus resistencias, en el entendido de que, en gran medida, ellas han estado al servicio de su supervivencia.
Creemos firmemente que, un verdadero proceso de sanación y crecimiento, como decía Martín Buber, solo se da por medio del encuentro, a través de un verdadero compromiso persona a persona.
Carl Rogers, el fundador del la Orientación Centrada en la Persona, sostenía que existen tres condiciones básicas e ineludibles en todo vínculo terapéutico y que son aplicables a toda relación interpersonal, la aceptación positiva incondicional, es decir, “valorar a la otra persona como tal e independientemente de los distintos valores que pueden aplicarse a sus conductas específicas”, la empatía, “percibir correctamente el marco de referencia interno de otro con los significados y componentes emocionales que contiene, como si uno fuera la otra persona, pero sin perder nunca esa condición de “como si” y, por último, la congruencia, “que el terapeuta sea él mismo durante su interacción con el cliente, sean cuales fueren los sentimientos que experimente en ese momento preciso”.[i]
Alejandro Spangenberg, uno de los principales exponentes de la Psicoterapia Gestáltica en nuestro país, plantea, además de la necesidad de la terapia personal y el entrenamiento profundo, cuatro cualidades fundamentales que todo terapeuta debería cultivar: la transparencia, “la capacidad de mostrarse tal y como se es, estar dispuesto al contacto sin asumir posturas defensivas y de exponer la propia “humanidad” cuando sea necesario”; la honestidad, “capacidad de ser sincero aun en los momentos más difíciles para nuestra propia autoestima o beneficios personales”; la humildad, capacidad de reconocer nuestras limitaciones, es la habilidad de “curvarse” ante el misterio insondable de la vida, aceptar que no sabemos lo que es bueno para los demás y que solo podemos acompañar a las personas a descubrir sus propias verdades” y la impecabilidad, “virtud de no cruzar los límites de los otros, de no dañar dando lo que no es pedido o negar lo que se nos ha pedido. Es en definitiva, la capacidad de mantener nuestra integridad en el encuentro con el otro invitándolo, de ese modo, a alcanzar la propia[ii]
Ahora bien, veamos ahora como llega el paciente al vínculo terapéutico.
Un concepto teórico muy importante de nuestro enfoque es la llamada “Teoría paradójica del cambio”. Según esta teoría, a lo largo de nuestra vida de relación hemos desarrollado una estructura defensiva, gestalt fija, que nos aleja de nuestro “si mismo”, de nuestra esencia, de aquello a lo que estamos llamados a ser. Por eso, como postula la Teoría, las personas “más cambian cuando más se convierten en sí mismos”, cuanto más vamos abandonando esos patrones que interrumpen nuestra experiencia, más en contacto estamos con nosotros mismos y más cambiamos. Como dice Spangenberg, “nada de nuestra verdadera esencia se puede perder, lo único que podemos perder es el contacto con ella[iii]
Al menos en nuestra cultura, el vínculo padres – hijos, que debería ser un lugar donde los niños encontraran los espacios necesarios para desarrollarse plena y libremente, con integridad y seguridad, suele estar contaminado por las expectativas, proyecciones, frustraciones y deseos de los padres. Como dice Serrat en “Esos locos bajitos”, “Cargan con nuestros dioses y nuestro idioma, con nuestros rencores y nuestro porvenir…Nos empeñamos en dirigir sus vidas sin saber el oficio y sin vocación. Les vamos trasmitiendo nuestras frustraciones con la leche templada y en cada canción”. Esto va llevando a que esos niños comiencen a sentir que, para poder sostenerse en ese lugar, que debería contenerlos, tienen que pagar algo, ser de una determinada forma que, por lo general, los va alejando de su propia esencia. Quienes me conocen o han leído mis trabajos van a encontrar este ejemplo como muy repetido, pero creo que ilustra muy claramente esto que estoy escribiendo: un niño del entorno de los 4-5 años está con su padre en un parque. En un momento se cae y se lastima la rodilla. Eso le produce dolor, angustia, miedo, y la forma natural que tiene el niño para expresar todos esos sentimientos es el llanto. Pero viene papá, su ídolo, su gran referente y figura identificatoria por excelencia, e, incluso antes de mirar su rodilla, le dice “no llores, no seas maricón” “los hombres no lloran”. Este hecho, que puede parecer muy trivial, puede resultar determinante para el chico. Muy probablemente el padre esté repitiendo un patrón que aprendió del suyo en su propia infancia, pero en lo que tiene que ver con ese niño, ese mandato tan fuerte, sobre todo por venir de quien viene, muy probablemente se convierta en una interrupción de su contacto. Va a comenzar a desconfiar de lo que siente, y sobre todo, va a aprender que expresar lo que siente está mal y por lo tanto a negarlo o reprimirlo. Evitará entrar en contacto con sus emociones y cuando éstas lo desborden y sus defensas no le den resultado, posiblemente no lo exprese de las formas más adecuadas, por ejemplo, a través de su cuerpo (somatizaciones), irritabilidad sin razón aparente, etcétera. Es de esta forma como se van constituyendo esos patrones de “gestalt fija” o de interrupción del contacto de los que hablaba más arriba.
Muchos años después, ese niño, convertido ahora en un hombre, conocerá una mujer, y ante el reclamo de esta de que “nunca sé lo que le pasa”, “nunca expresa lo que siente”, tal vez decida concurrir a terapia.
Como ya he expresado en otras oportunidades, los seres humanos generamos “campos” en los distintos espacios donde nos relacionamos, pero estos patrones de funcionamiento se van repitiendo en los distintos ámbitos donde nos movemos. Y, por supuesto, el espacio terapéutico no será la excepción. El paciente va a configurar el espacio subjetivo del encuentro con su terapeuta de la misma forma que lo viene haciendo en todos los demás espacios de su vida, y es allí cuando el terapeuta, aportando al vínculo las condiciones de incondicionalidad, seguridad e intimidad de las que hablaba más arriba, generará las condiciones para que, a través del darse cuenta, el paciente descubra el cómo de su funcionamiento y el para qué le sirve hacerlo, quedando así al descubierto esos patrones y por lo tanto se produzca la experiencia emocional que permita la modificación de estos con la consiguiente trasformación que le permita fluir libremente recuperando el contacto con sus sentimientos y por ende, consigo mismo.
Por supuesto, en esto no hay nada de magia y por lo tanto, para que esto se produzca debe pasar tiempo. Ninguna persona, por mal que se sienta, está en condiciones de entrar en contacto con todo esto de entrada. La construcción del vínculo se irá dando paulatinamente pero, poco a poco, las condiciones antes dichas irán generando el espacio para que los mecanismos de defensa, el estilo de funcionamiento, las interrupciones del contacto, los patrones repetitivos y la historia personal del paciente se vayan manifestando.
Para terminar, y a modo de adelanto de próximas entregas, quiero hacer referencia a un tema sumamente importante en lo que al vínculo terapéutico se refiere, la transferencia. Si bien en nuestro enfoque hacemos un uso diferente de este fenómeno, no podemos desconocerlo.
La transferencia, que es un fenómeno que no se da sólo en el vínculo paciente – terapeuta, sino que se da en todos los vínculos humanos, es una proyección y por lo tanto, interrumpe el proceso de darse cuenta y con ello el contacto.
Como veíamos más arriba, cada persona organiza su campo subjetivo en función a patrones fijos que, aunque provienen del pasado, devienen presentes en el aquí y ahora. El vínculo terapéutico no escapa a esta realidad, por lo que, la transferencia se dará de cualquier manera. Y es a través del trabajo con ella que obtendremos una excelente oportunidad de traer al aquí y ahora de la relación la totalidad de las gestalts abiertas del paciente para que puedan ser cerradas y con ello, superar las interrupciones que impiden el contacto con su esencia y su pleno desarrollo.
El poder de lograr el cambio siempre está en ellos y es fundamental para el éxito del proceso ayudarlos a recuperar toda proyección de ese poder en el exterior, y en el vínculo, por supuesto, para así lograr que la persona se sienta empoderada y dueña de su propia existencia.



[i] Carl ROGERS, “Terapia, personalidad y relaciones interpersonales”. Ed. Nueva Visión. Buenos Aires. 1978.
[ii] SPANGENBERG, Alejandro. “TERAPIA GESTALT: un camino de vuelta a casa. Teoría y metodología” pag. 125. Ed. PSICOLIBROS Universitario. Montevideo. 2006
[iii] Idem, pag. 111

viernes, 31 de mayo de 2013

El diagnóstico en la Psicoterapia Gestaltica


Artículo publicado en Revista Opción Médica del mes de mayo

Desde siempre ha existido entre los terapeutas humanistas y entre los gestálticos en particular, un fuerte rechazo a lo que tiene que ver con el diagnóstico psicológico. Yo no era ajeno a esa tendencia hasta que me fui dando cuenta de que lo que rechazaba no era al diagnóstico en general, sino a un tipo de diagnóstico, y que, en los hechos, todos, lo reconozcamos o no, hacemos diagnósticos.
Creo, junto con Yontef, que el diagnóstico que rechazamos los terapeutas gestálticos, es aquel que tiende a etiquetar a la persona dentro de categorías, más o menos rígidas, que es impartido desde una postura vertical, donde el técnico es quien posee la sabiduría y la imparte al paciente de forma autoritaria. Esto implica, al decir de Yontef, “una falta de fe en la capacidad del individuo para elegir y crecer, para reconocer su situación personal por sí mismo” y termina colaborando a mantener al paciente en una determinada postura existencial que muchas veces es utilizada por éste para justificar su accionar y de esa forma, manipular a su ambiente. Este modelo, además, tiende a hacer figura más en la enfermedad que en la persona misma e implica un riesgo muy importante de que el terapeuta “caiga en la tentación” de hacer figura en aquellos elementos que le permitan confirmar su diagnóstico y no en la actualidad del paciente. Como dicen los redactores del “Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders” (DSM IV), “los criterios diagnósticos específicos deben servir como guías y usarse con juicio clínico, sin seguirse a rajatabla como un libro de cocina”
En la Psicoterapia Gestáltica, y en el modelo humanista en general, nuestro objetivo es la persona como totalidad y no sólo determinados aspectos de ella.
Por otra parte, en nuestra corriente nos manejamos con un encuadre horizontal, donde terapeuta y paciente, manteniendo claramente los lugares correspondientes, trabajan juntos para lograr el bienestar del paciente. En este enfoque, la autoridad no está colocada en el profesional o en el marco teórico que le sostiene, sino en la experiencia de ambos dentro del diálogo terapéutico.
Ahora bien, la falta de un diagnóstico reduce la capacidad de comprensión de la realidad del paciente, por lo que, su presencia, es parte esencial e indispensable para un buen proceso terapéutico.
Yontef describe al diagnóstico en la Psicoterapia Gestáltica como el “proceso de prestar respetuosa atención a quien es la persona como individuo único y en relación con aquellas características compartidas con otros individuos…Discriminamos acerca de los patrones generales, qué tipo de persona es el paciente, cuáles son los problemas y potenciales más importantes, cuál será el curso del tratamiento, qué enfoques posiblemente funcionen, signos de peligro… Nuestra opción es diagnosticar de una manera bien pensada, con total darse cuenta”
Es de suma importancia para el éxito del proceso terapéutico, tener en cuenta aspectos como la naturaleza de la estructura de personalidad del paciente, que nos puede ayudar a evitar realizar intervenciones que pongan en riesgo al proceso o al propio paciente; comprender la realidad fenomenológica del paciente, conocer cómo son sus habilidades para mantener el diálogo; conocer acerca de su manejo de la agresividad o acerca de su capacidad de disfrute, nos puede aportar un material imprescindible para conocer a la persona que tenemos enfrente.
Pero además, un buen diagnóstico debe servirnos para aportar información que puede ser vital para el proceso terapéutico dado que nos permite conocer más profundamente la continuidad de la identidad personal del paciente, comprender la estructura psicológica del mismo y a utilizar su historia clínica y evolutiva en su beneficio. Por otra parte, un lenguaje diagnóstico común nos permite el intercambio de información con otros técnicos que trabajen o hayan trabajado con el paciente, facilitando también el trabajo interdisciplinario que, en muchos casos, resulta imprescindible. Quienes hayan leído mis anteriores artículos en la Revista recordarán que, desde hace 12 años trabajo en una Institución de Asistencia Médica Colectiva donde formo parte del Departamento de Psicología. Esta experiencia, que ocupa una parte muy importante de mi quehacer profesional, me implica estar en contacto permanente con colegas que manejan otros encuadres psicológicos, pero también con psiquiatras y otros médicos en general. Además, parte de mi trabajo en la Institución me exige tener manejo de la historia clínica del paciente, por lo que, tener un lenguaje diagnóstico común no solo me es conveniente, sino que es una verdadera necesidad. Estoy además, y mi artículo anterior hablaba de eso precisamente, absolutamente convencido de la imperiosa necesidad del trabajo mancomunado entre los distintos técnicos que intervienen en el proceso de sanación del paciente.
Hechas las consideraciones generales, vayamos ahora a como concibo el “diagnóstico gestáltico”.
Siguiendo a Kurt Lewin, en la Psicoterapia Gestáltica creemos en el concepto de que la persona genera “campos” con los que se relaciona. No concebimos a la persona aislada de su contexto sino que solo podemos verla como un ser en relación. Esto nos da la primer diada que será fundamental para comprender nuestra visión del individuo, el campo organismo/ambiente. Obviamente, el campo cambia constantemente, una cosa es la relación de la persona con su familia, otra con sus compañeros de trabajo, de estudio, de diversión, etc. Sin embargo, cada persona desarrolla formas únicas y características de relacionarse que, en términos generales, varían muy poco en tiempo, espacio y contexto y que tiende a reproducir en cada campo nuevo al que se enfrenta. Estos patrones de funcionamiento tienen un carácter defensivo y de supervivencia e incluyen conductas, percepción, pensamiento, sentimientos, creencias, etc, y constituyen lo que en nuestro abordaje terapéutico llamamos “gestaltens fijas” o “patrones de gestalt fija”.
Más adelante retomaré el tema del campo, pero ahora quiero detenerme en otro de los aspectos fundamentales de nuestro enfoque, la diada “figura/fondo” y el proceso de surgimiento, resolución y cierre de una “buena gestalt”.
Es muy conocida la figura a continuación:
en ella podemos observar una copa, si hacemos figura en la parte blanca, o dos rostros enfrentados, si hacemos figura en la parte negra. Lo que no podemos es ver ambas cosas a la vez. Esto se explica por el fenómeno de la figura/fondo, una de las leyes de la Psicología de la Gestalt, corriente de la Psicología Experimental que estudia los fenómenos de la percepción, y que dice que cuando elegimos una figura, el resto pasa a ser fondo. Así, podemos ver la copa sobre un fondo negro o los rostros de perfil sobre un fondo blanco, pero no ambas cosas a la vez.
En la Psicoterapia Gestáltica creemos que el funcionamiento sano requiere que la figura cambie según las necesidades de la persona, pero es fundamental que esas figuras se resuelvan correctamente para que puedan pasar al fondo y de esa forma permitir la irrupción de una nueva figura. Cuando esto no ocurre, se genera lo que llamamos una “gestalt inconclusa” que impide la satisfacción de la persona, generando un consumo de energía que deja de estar disponible para su normal funcionamiento. A modo de ejemplo: tenemos una persona que está realizando un trabajo importante que tiene que entregar de forma inminente. Esta es su figura, por lo que toda su atención y energía está puesta en ella. Todo lo demás pasa a ser fondo, por lo que es probable que, el paso del tiempo, distintos estímulos a su alrededor, etc, le pasen totalmente desapercibidos. Sin embargo, en un momento comienza a sentir un fuerte malestar estomacal. Al principio es probable que su nivel de concentración sea tan grande que ni siquiera lo sienta, pero a medida que vaya siendo más intenso, este malestar, comenzará a ser más figura y la figura anterior se irá desplazando hacia el fondo. Hasta que llegará un momento en que los cólicos sean tan intensos que está figura se apoderará por completo del sujeto y hasta que no logre resolverla difícilmente pueda volver nuevamente a la figura anterior.
El Dr. Joseph Zinker, uno de los principales exponentes de la Psicoterapia Gestáltica, desarrolló un modelo teórico llamado “Ciclo excitación – contacto – retirada” o “Ciclo de la energía” que es una herramienta excepcional para comprender como funciona el ciclo “Figura/fondo” y los bloqueos que impiden que este se dé de una forma fluida generando los patrones de “gestalt fija” de los que hablaba más arriba.
 Según este modelo, cuando aparece una necesidad, es decir, una figura emerge del fondo, lo primero que la persona percibe es una sensación, el siguiente paso del ciclo es el darse cuenta, momento fundamental en que la persona toma conciencia de que es lo que siente. El siguiente momento es el de movilización de la energía, en el cual la persona hace un inventario de sus recursos disponibles a efectos de satisfacer su necesidad. El siguiente momento es cuando la persona hace contacto con aquello que le va a permitir dar satisfacción a su necesidad. Luego de esto viene el momento de resolución y cierre de la figura o gestalt y, por último, la retirada, con la cual la gestalt se completa y la figura puede pasar al fondo dando lugar de esa forma a la irrupción de una nueva figura.
Un ejemplo que yo utilizo mucho para ejemplificar cómo funciona esto es el del hambre. En el primer momento, lo que existe es una sensación incómoda, un vacío en el estómago, una necesidad que debe ser satisfecha. Para que esto ocurra, esta necesidad debe ser llevada a la conciencia a través del darse cuenta. Ahí es cuando la persona puede identificar aquello que siente, ponerle un nombre, “tengo hambre” y por lo tanto puede poner en juego el siguiente momento del ciclo, al movilizar su energía la persona puede realizar un inventario de sus recursos disponibles para satisfacer su necesidad, “en la heladera tengo un pedazo de queso y unas fetas de jamón” Esto por sí solo no es suficiente, por lo que la persona deberá hacer contacto: solo una vez que coma su necesidad podrá ser satisfecha. Una vez logrado esto, la gestalt se resuelve, pero es necesario un cierre y la retirada para que esta se complete, pase al fondo, y de esa forma, la persona pueda tomar contacto con una nueva necesidad, una nueva figura.
Cada momento de este ciclo es importante y es fundamental conocer cómo funciona en la persona que tenemos enfrente: si es fluido o lento, si la persona se bloquea en alguno de esos momentos y esto le impide completar la figura o si le cuesta soltarla una vez que está completa y eso impide la irrupción de una nueva, porque esto nos permitirá conocer y detectar aquellos padrones de “gestalt fija” de los que hablaba más arriba, dado que por lo general, la persona repite esos bloqueos en las distintas situaciones figura/fondo y en los distintos campos en los que se mueve.
Un ejemplo concreto, un chico descubre a través de su darse cuenta que hay una chica que le gusta, realiza una planificación estratégica muy profunda acerca de cómo abordarla, ensaya día y noche cuál será su forma de pararse frente a ella, su discurso, etc (movilización de la energía), pero, cuando llega el momento de entrar en contacto, sus temores a ser rechazado, su baja autoestima, su miedo al fracaso, lo inmovilizan y se retira sin lograr dar satisfacción a su necesidad. Si este chico nos relata el episodio en una sesión de terapia, podremos hacer una observación fenomenológica que nos permita detectar si la persona realmente contacta con las emociones que esto le genera o si se limita a “hablar acerca de”; podremos preguntarle si esto es algo nuevo o si le ha ocurrido en otras oportunidades y de esa forma podremos detectar si es una situación aislada o si se trata de un patrón de funcionamiento.
Cada momento de este ciclo es muy importante. No es poco frecuente encontrarnos con personas que no logran contactar con lo que sienten. “Me siento mal, pero no logro darme cuenta de qué es lo que me pasa” es un discurso escuchado de forma bastante frecuente en el consultorio. Es que pagamos tributo a siglos de desconexión con nosotros mismos. En esos casos, será muy importante trabajar mucho en re-sensibilizar a la persona. Es muy importante también, conocer cómo es el proceso de darse cuenta de la persona. Como fluye o como se interrumpe, qué cosas la persona deja entrar a su conciencia y qué cosas deja afuera, etc. Por otra parte, una vez que la persona ha logrado avanzar en los distintos momentos del ciclo, ¿logra hacerse cargo de su necesidad o de su deseo y contactar con aquello que le va a permitir satisfacerlo, o por el contrario, es de los que manipulan esperando que los demás se den cuenta de su necesidad y la satisfagan por él? Y, una vez, resuelta la gestalt, ¿logra soltarla y dar de esa forma lugar al surgimiento de una nueva, o queda “prendida” de la misma?
Es importante destacar que, de la observación de todo esto surge también el tipo de mecanismos defensivos que la persona utiliza.
Volvamos ahora al tema del campo y la relación del individuo con su ambiente. Muchos terapeutas gestálticos entienden que lo único importante es lo que ocurre en el “aquí y ahora” en el campo que se constituye en la relación terapéutica, sin embargo, cada vez somos más los que creemos que es de fundamental importancia conocer la historia del paciente y, sobretodo, como veíamos más arriba, observar paralelos entre lo que ocurre en el “aquí y ahora” y esa historia, como forma de encontrar patrones de funcionamiento.
Esto implica una nueva coincidencia con los criterios diagnósticos del DSM IV que establece, por ejemplo, como condición para diagnosticar un Trastorno de Personalidad, que el mismo sea “un patrón permanente e inflexible de experiencia interna y de comportamiento” planteando que el técnico tiene que valorar los rasgos de personalidad a lo largo del tiempo y en diferentes situaciones.
Y lo que es más importante aún, no solo es importante conocer la historia del paciente, sino también de su sistema familiar, dado que muchos de esos patrones son aprendidos por el sujeto en etapas muy tempranas de su desarrollo y algunos incluso, adquiridos de otros miembros del sistema que los desarrollaron antes que él.
Otro aspecto fundamental a tener en cuenta cuando hablamos del campo “organismo/ambiente, es el que tiene que ver con la “cultura” del campo. El DSM IV plantea que “un técnico que no esté familiarizado con los matices culturales de un individuo puede, de forma incorrecta, diagnosticar como psicopatológicas variaciones normales del comportamiento, de las creencias y de la experiencia que son habituales en su cultura”. Ahora bien, no toda cultura es sana. Por ejemplo, en determinados sistemas familiares, el maltrato puede estar naturalizado y ser parte de la cultura del sistema, por lo tanto, una conducta del individuo “desviada” de ese patrón cultural, puede ser muy sana, aunque no sea vista de esa forma por el sistema.
Y por último, cada día siento más la necesidad de ampliar mi percepción del paciente integrando a otros miembros de sus sistemas íntimos. El trabajo con parejas y familias me resulta sumamente esclarecedor para comprender la “cultura” de esos sistemas y observar fenomenológicamente a sus miembros en acción, reproduciendo en el consultorio la realidad cotidiana de una forma mucho más fidedigna y descarnada que en el encuadre individual y pudiendo plasmar en vivo y en directo la premisa de que “el todo es mucho más que la suma de las partes”. El encuadre ampliado permite además observar las formas de relacionarse del paciente más allá de la relación terapéutica: cómo son sus vínculos, si considera solo sus necesidades o es capaz de ver las del otro, o ninguna, si genera vínculos “pegoteados” o logra mantener una distancia sana; si logra tener interacciones significativas o solo se relaciona de manera superficial; si logra sostener una relación, etc. Por otra parte, el observar al sistema en acción, permite en muchos casos, tomar contacto con aspectos o informaciones que de otra forma el paciente nunca traería a la consulta, por ejemplo, conductas desadaptadas que el paciente no vive como problemáticas (egosintónicas). En este punto también tenemos una clara coincidencia con los redactores del DSM IV, que recomiendan recabar información de otros observadores en casos como el mencionado anteriormente.
A modo de cierre, en la Psicoterapia Gestáltica, el diagnóstico no solo tiene lugar, sino que es necesario, pero debe apuntar no a la categorización de la persona, sino a alcanzar una mayor comprensión de la totalidad que esta significa, y se construye en un proceso que surge del contacto entre el terapeuta y el paciente en el “aquí y ahora” de la relación terapéutica, con la finalidad de diseñar un enfoque de intervención basado en el conocimiento que este aporta.

Bibliografía recomendada:
YONTEF, Gary, “Proceso & Diálogo en Psicoterapia Gestáltica”, Cuatro Vientos, Santiago de Chile, 1995
ZINKER, Joseph C., “El proceso creativo en la Terapia Gestáltica”, Paidos, Buenos Aires, 1977
ZINKER, Joseph C., “In search of good form”, A Gestalt Institute of Cleveland Publication, Cleveland, 1994

“Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders” (DSM IV)