viernes, 1 de julio de 2016

Una breve historia de tomates

María y Juan decidieron festejar su primer mes de convivencia con una cena en el mejor restorán del pueblo. Para poder hacerlo juntaron hasta la última monedita de sus menguadas economías, pero sentían que la ocasión lo ameritaba.
Cuando pidieron la carta, vieron, no sin cierta frustración, que todo era muy caro para ellos, pero ya estaban allí y su deseo de festejar era tan grande, que decidieron “hacer de tripas corazón” y seguir adelante. La solución que encontraron fue pedir un plato cada uno y compartir la ensalada.
La velada tuvo todo lo que ellos esperaban así que estaban felices. Sin embargo, mientras volvían caminando a su casa, disfrutando de la hermosa noche primaveral, ambos coincidieron en que lo único que no les había gustado era la ensalada, sobre todo, el pobre y poco natural sabor del tomate. Así que decidieron hacerse el propósito como pareja de sembrar y cosechar sus propios tomates.
Ellos vivían en una casita muy modesta pero con un pequeño jardín al que mucha atención no le prestaban, así que decidieron limpiar un pedazo y comenzar a preparar la tierra para su siembra.
Al principio, Juan quería plantar las semillas que había conseguido y punto, pero María le convenció de la necesidad de dejar el terreno limpio, “¿de qué forma sino vamos a saber si lo que crece es nuestra plantita o un simple yuyo?” “Además, es fundamental que tenga lugar para crecer, sin que la maleza la asfixie”.
Y así, juntos, fueron cuidando y cultivando su plantita. Por momentos más ansiosos de que “ya” diera frutos, por momentos, solo disfrutando de verla crecer, de regarla, de acomodar sus guías en las cañas con las que construyeron su tomatera.
Y llegó el primer tomate. ¡Cuánta alegría el día  que vieron el pequeño botoncito verde! Tan emocionados estaban que, cuando estuvo maduro, les costó muchísimo arrancarlo de la planta. ¡Sentían que le estaban arrancando un hijo a su madre! Pero luego comprendieron que la planta les retribuía todos sus cuidados y atención de la única forma que podía, dándoles su fruto para que lo disfrutaran y que si no lo hacían, no solo sería un desperdicio, sería además como rechazar esa ofrenda.
Así que lo cosecharon y prepararon una ensalada con el. ¡Que distinta a aquella que disparara toda esta historia! El sabor les pareció delicioso y la textura de su pulpa, ¡que diferente a la de los que venden en el supermercado, que parecen de plástico!
Realmente quedaron rebosantes de placer ante tan maravilloso manjar.
Por supuesto vinieron muchos más tomates y poco a poco, el pequeño cantero donde plantaron la primer plantita fue creciendo hasta convertirse en una verdadera huerta.
Claro que no todo fue alegría. Una vez fue el granizo, otra vez los perros que se metieron en la huerta y destrozaron las plantitas. Más de una vez rompieron en llanto al ver el fruto de tanto trabajo revolcado por el piso.
Pero no claudicaron. Es más, de cada sin sabor sacaron fuerzas para seguir adelante. Aprendieron que solo si estaban juntos podían superar las adversidades. Además, no solo la huerta crecía, también ellos lo hacían. Y así se fueron convirtiendo en verdaderos expertos en el cultivo. Aprendieron a hacer compost para fertilizar orgánicamente la tierra, a combatir las plagas de forma natural, sin químicos. Y de a poco se fueron convirtiendo en la envidia de todos los vecinos. Aunque ellos, al estar tan orgullosos de su trabajo, compartían sus frutos con todo aquel que lo quisiera y valorara.
Y así como crecía la huerta, también fue creciendo la familia. Primero fue Pedro y tiempo después, Julieta.
Desde muy pequeños, los niños aprendieron, primero a cuidar y respetar las plantas y a sus rojos frutos que tanta atracción les generaban, y luego, a medida que iban creciendo, fueron aprendiendo también a cultivar la huerta que tantas alegrías les daba.
Pero además, sus tomates fueron siendo cada vez más famosos. A medida que iban haciendo amigos, todos querían ser invitados a la casa a saborear las deliciosas ensaladas y era unánime la idea que ninguna pizza del pueblo se comparaba con la que María hacía con la salsa de sus famosos tomates.
Pero nunca, en la vida, todo es color de rosa. Un día, negros nubarrones comenzaron a aparecer en la de Juan y María.
Desde hacía ya un tiempo ella venía observando que su esposo estaba raro, distinto, sin su habitual alegría. Ya no disfrutaba tanto trabajar en la huerta, e incluso se le veía de mal humor, como si todo le molestara.
Más de una vez María intentó hablar con él, saber que le pasaba, que era lo que le tenía tan mal, pero sistemáticamente Juan se negaba a hablar insistiendo que nada pasaba.
Hasta que una negra noche se desató la más cruel de las tormentas. Juan había estado más callado que nunca durante la cena. Pedro y Julieta se quedaban a dormir en casa de amigos, así que María decidió “tomar el toro por los cuernos” y no dejar escapar a su esposo hasta que él le dijera lo que pasaba.
Al principio se resistió a hablar, pero la firme actitud de María le mostró que no tenía escapatoria y rompió a llorar. Se abrazó a ella y lloró durante un buen rato hasta que se decidió a hablar. Y así fue como le contó que si bien era muy feliz con ella y con todo lo que habían construido juntos, desde hacía un tiempo había empezado a sentir cierta necesidad de probar algo nuevo. Juró que no era que ya no le gustaran los tomates ni las mil formas que María tenía de prepararlos, que nada tenía que ver con ella, que era algo en él, como si un intruso hubiese entrado en su mente llenándolo de fantasías y dudas.
María ya no le abrazaba y una gran duda le partía el corazón hasta que Juan confirmó su doloroso presentimiento. En su confusión, había caído en la tentación de probar lo que producía la huerta de una vecina.
Ahora fue María la que rompió a llorar, pero de ira. Juan intentó acercarse pidiéndole perdón de todas las formas posibles, pero ella se alejó corriendo. No quería verlo. Nunca en su vida había sentido tanto dolor.
Pasó días encerrada en su cuarto saliendo solo para atender a sus hijos que no necesitaron mucho para darse cuenta de que algo muy malo estaba pasando. María y Juan no se hablaban, pero lo que más les llamaba la atención era que ella había desatendido por completo la huerta y a sus queridos tomates.
Juan ya no sabía que intentar para acercarse a María y cada día que pasaba se sentía más angustiado y arrepentido por haber puesto en riesgo todo lo maravilloso que habían construido juntos. Hay un viejo dicho que dice que “uno no valora realmente algo hasta que lo pierde”, eso precisamente era lo que estaba sintiendo, y vaya si le dolía.
Pero un día, algo cambió. Era una mañana espléndida y luego darles el desayuno y despedir a sus hijos, María sintió la necesidad de salir y recorrer la huerta.
Estaba espléndida, las plantas parecían mostrar su alegría de verla nuevamente. Había nuevos almácigos esperando a ser plantados y la tierra lucía abierta, dispuesta a recibirlos en su seno.
Y vio a Juan trabajando en ello. Al ver esa imagen sintió que algo en su interior más profundo se movía y le permitía ver la realidad de una manera diferente. Fue como una epifanía.
Así que se acercó a Juan y le dijo que ya era hora de tener una buena conversación.
Él sintió una gran alegría y una pequeña luz de esperanza comenzó a brillar en su corazón.
Hablaron por horas, lloraron, se enojaron y finalmente, rieron. Juan le contó que al principio no sabía qué hacer. Pensó en irse pero sintió que no podría soportar más dolor, así que a menos que ella le echara, seguiría en la casa. Le contó cómo sus hijos le convencieron de que ahora ellos tres debían hacerse cargo de la huerta y de lo felices que estaban trabajando en ella. Y le contó como la perspectiva de perderlo todo lo había ayudado a mirar en retrospectiva todo lo que habían hecho juntos y a revalorizarlo de una manera diferente, tal vez como nunca había hecho antes.
María le dijo de su dolor, más que por la traición, por la frustración de caer en la cuenta que la “pareja perfecta” que creía tener no era tal. Le dijo que a raíz de la crisis y luego de que pasara el impacto inicial, se había dado cuenta de que estaba tan dedicada a la familia y a la huerta, que también se había olvidado de ella y que ya no quería volver a hacerlo. Y le dijo también que reconocía que estar tan metida en su burbuja le había impedido detectar las señales de que algo andaba mal entre ellos.
Por último le dijo que si él también lo quería, estaba dispuesta a darle una nueva oportunidad a la relación, pero que sería sobre nuevas bases. En primer lugar, no estaba dispuesta a tolerar más “agendas ocultas” y que deberían los dos hacer un compromiso de ser absolutamente sinceros con el otro, a la vez que de escuchar al otro cada vez que lo necesitara.
Por otra parte, ella comenzaría a ocuparse más de ella misma a la vez que estaba dispuesta a que él hiciese lo mismo y le pedía que si él observaba que ella dejaba de hacerlo, le llamase la atención sobre ello.
Y por último, ya no solo plantarían tomates, sino que debían comprometerse a explorar juntos nuevas alternativas y disponerse a crecer.
Y así lo hicieron. Fue una verdadera refundación del vínculo y de la huerta. Y como ocurre siempre que se aprovecha la oportunidad que toda crisis conlleva, ambos crecieron, la pareja creció y tanto sus hijos como todos aquellos que les querían se vieron sumamente favorecidos por ello.

Tiempo después, mientras disfrutaban del almuerzo del domingo en familia, Pedro les contó que había conocido a alguien muy especial, y así fue como Sofía entró en sus vidas y a poco de comenzar a visitar la casa, también ella se enamoró de la huerta que con tanto amor, la familia seguía cultivando.


Al otro día de la boda, Pedro y Sofía, llenos de felicidad observaban los regalos que les habían hecho. Algunos eran magníficos otros más modestos, pero todos reflejaban el amor que la joven pareja estaba cosechando a pesar de su juventud. Pero entre todos, brillaba uno en particular, el más preciado por ellos, el humilde paquetito que Juan y María les regalaron con semillas de su planta de tomates.

lunes, 22 de febrero de 2016

Psiquiatrización de niños y adolescentes ¿Qué futuro estamos construyendo? – Primera parte

Si bien siempre fue un tema que me preocupó, desde que integro el Servicio de Psicología de la Institución de Asistencia Médica Colectiva (IAMC) en la que trabajo, la preocupación se me ha convertido en alarma.
No es mi intención en este artículo generar una polémica con mis colegas ni con los psiquiatras, que sin duda tratan de hacer su trabajo de la mejor manera posible, pero me pregunto día a día ¿qué tipo de futuro estamos construyendo cuando nuestros niños y adolescentes son medicados desde edades cada vez más tempranas y se van asumiendo como “enfermos” que necesitan de una droga para estar bien?

Ningún niño nace hiperactivo ni agresivo ni con ganas de lastimarse ni mucho menos sin ganas de vivir, entonces, ¿qué estamos haciendo, o lo que es al menos tan grave, que no estamos haciendo con nuestros niños y adolescentes?

He trabajado con un buen número de familias que llegan a mi consulta derivados por un Comité de recepción, dispositivo creado por el Programa de Salud Mental del Ministerio de Salud Pública para, como lo dice su propio nombre, recibir la demanda de todos aquellos que requieran o sea derivados hacia atención psicológica en el marco de una IAMC. En prácticamente la totalidad de esos casos, la demanda de atención es hacia un niño y no hacia la familia, pero, con un criterio que comparto plenamente, en todos esos casos que son derivados hacia un abordaje familiar, el Comité ha entendido que es imprescindible encarar el problema desde una perspectiva sistémica, que involucre no solo al niño portador de los síntomas por los cuales consultan, sino también a todo el núcleo familiar en que está inserto.
En muchos de esos casos me he encontrado con sistemas más o menos disfuncionales y con situaciones que explican, en la mayoría de ellos, de forma por demás clara el origen de los síntomas que presenta el niño.

El Dr. Ronald D. Laing sostiene que, para comprender a un paciente, es fundamental observarlo en el contexto de sus relaciones con otros seres humanos, que incluyen de manera bastante central, la relación del paciente con el propio técnico que lo está tratando.
El comportamiento de la persona que presenta algún tipo de síntoma “psíquico” es parte de una red mucho más amplia de comportamientos perturbados y perturbadores de comunicación. “No existe una persona esquizofrénica, existe apenas un sistema esquizofrénico”
Por eso, más allá de que soy terapeuta familiar y eso impregna mi mirada, estoy absolutamente convencido de la imperiosa necesidad de no mirar SOLO a la persona que viene o a quien traen a la consulta, sino a TODO el sistema familiar que integra. Es más, estoy absolutamente convencido que, sobre todo cuando trabajamos con niños y adolescentes, todos nuestros esfuerzos y los del paciente pueden ser en vano si no logramos que el sistema asuma que el paciente es parte de ese todo que es la familia y por lo tanto, si queremos realmente lograr un resultado efectivo y sostenible, todas las partes del sistema tienen que involucrarse y asumir que el problema que manifiesta una de las partes es en realidad del todo y que esa parte solo se está haciendo cargo de expresarlo.
Sabido es que todos, de alguna forma u otra, repetimos lo que hemos aprendido. Si un niño es criado en un ambiente violento, hostil, donde el maltrato, sea físico o psicológico, es lo que impera ¿cómo podemos pretender que no reproduzca eso en los demás ámbitos donde se mueve?
De la misma forma, si ese niño o adolescente aprende que la única forma de obtener la atención de sus padres es haciendo algo malo ¿de qué forma creen que buscará captar la atención del resto de las personas con las que interactúa?
Es más, en la mayoría de los casos, el síntoma es un intento desesperado de poner un límite a situaciones que le desbordan y a la que nadie atiende. En definitiva, muchas veces el niño o adolescente denuncia, a través de su síntoma una realidad sistémica disfuncional y que el resto no quiere ver. El síntoma se convierte de esa forma, no en una forma patológica de funcionamiento sino en un verdadero mecanismo de supervivencia y, si en vez de escuchar, acallamos con medicamentos, corremos el riesgo de hacernos cómplices de esa realidad que le da lugar.
Por lo tanto, difícilmente podamos comprender que le pasa al niño o al adolescente que llega a la consulta si no conocemos también a su entorno familiar y además observamos directamente cómo es la forma de relacionarse de ese niño y adolescente con su entorno y, como decía Laing, con nosotros.

En ese contexto, me gustaría compartir algunas reflexiones que me han ido surgiendo al respecto.
En una primera instancia, me voy a ocupar de la familia y especialmente del rol de los padres en todo esto para luego, en una segunda instancia, compartir mis reflexiones acerca de otro actor fundamental como es el “sistema educativo”.
He observado varios casos de niños diagnosticados con Trastorno de Déficit Atencional e Hiperactividad (TDAH) que, por ejemplo, son grandes lectores, soportan estoicamente sesiones de hora y media de duración con niveles de ansiedad más que comprensibles dada la situación pero que para nada hacen imposible trabajar con ellos, o que demuestran ser sumamente hábiles para resolver problemas complejos.
Trabajé hace un tiempo con una familia en la que el hijo menor, de siete años estaba diagnosticado con TDAH, sin embargo era un ávido lector. Es más, sus padres le regalaban un libro y no tardaba más de dos días en leerlo. Y lo más sorprendente era que cuando le preguntaba de qué trataba el libro, me lo contaba con lujo de detalles. Evidentemente, con los estímulos adecuados, no sólo era capaz de concentrarse en la tarea de su interés, sino también de prestar suma atención.
En otro caso, el  niño diagnosticado con el trastorno era un hábil inventor. No descubro nada si digo que para inventar algo o para, a partir de varios objetos, crear uno nuevo y que funcione, se necesita una gran capacidad de abstracción y de concentración y es imposible si la persona tiene una atención muy lábil. Recuerdo claramente un episodio del donde el solo logró resolver un problema que ningún adulto había logrado y para ello había tenido que poner el juego todo el “método científico”: detección del problema, hipótesis de cómo resolverlo, detección y recolección de los recursos disponibles para la tarea, acción orientada y constatación del éxito de alcanzado. Como diríamos en Gestalt, respondió con habilidad y logró completar la figura siguiendo muy eficazmente todos los pasos del “ciclo excitación - contacto – retirada”.
Podría contar muchos más ejemplos de este tipo, pero lo que me interesa plantear es mi duda de si no será que el problema esté en que los adultos no hemos sabido adaptarnos a la realidad y los desafíos que nos presentan los niños actuales.


Creo que nos está costando mucho a los padres y a los adultos en general, asumir que el mundo ha cambiado de forma irreversible. No estamos preparados para comprender y por lo tanto hacer frente a los desafíos que implica que nuestros niños son “nativos digitales”. Es impresionante ver niños cada vez más pequeños manejando una tablet o el smartphone de sus padres. Saben que botón tocar para acceder a Youtube y poner los dibujitos que les gustan, saben que botón tocar para enviarle un mensaje de voz vía whatsapp a sus padres. ¡Y lo logran instantáneamente! Todo lo tienen ya, al instante. Entonces, ¿Cómo podemos pretender que no se aburran en una escuela que sigue funcionando como hace 50 años? ¿Cómo podemos pretender que no sean hiperactivos si están hiper estimulados? ¿Cómo podemos pretender que no tengan conductas violentas si eso es lo que observan todo el tiempo en casa o vayan a donde vayan? Y lo que es peor aún, ¿cómo podemos pretender que respeten limites si no se los ponemos o, lo que es peor aún, los ponemos muy mal o no sabemos sostenerlos?

Tengo 54 años. Cuando era niño no existían las pc y mucho menos las tablets o los smartphones. No existía internet ni el cable y las casas que tenían la suerte de tener teléfono no eran muchas. La televisión trasmitía solo unas horas al día. De hecho, mi madre cuenta que, siendo pequeño, miraba por una ventana esperando que anocheciera porque a esa hora comenzaba mi serie favorita de esa época: “El llanero solitario” ¡Cuantas veces, a la vuelta de la escuela, me calcé el antifaz, me monté en mi caballo “Plata” y cabalgué junto a mi fiel amigo “Toro” por la llanuras del patio de mi casa!
Vivía en una vieja casona de 400 metros cuadrados ¡la de universos que imaginé jugando por todos sus recovecos! Y ni que hablar cuando tuve edad para subir a sus techos. Construía ciudades enteras. Fui cowboy, indio, agente secreto, etcétera, etcétera. Mi imaginación volaba y todo lo que leía o veía en el cine o en la tele era insumo para los juegos del día siguiente.
Hoy día, los niños viven en apartamentos de 50 metros cuadrados, salvo para ir a la escuela, no pueden salir a la calle y mucho menos jugar en ella, por los peligros que todos conocemos. Muy pocos niños han subido a un árbol o jugado al futbol o a la escondida en la vereda. Los tenemos de casa a la escuela, de esta al inglés, de allí al club y de nuevo a casa. Y cuando están en ella,  están “conectados” prácticamente todo el tiempo. Ya no comen en la mesa, les permitimos hacerlo en sus dormitorios, mientras chatean, juegan o miran videos en Youtube, con lo cual hemos renunciado a uno de los momentos más importantes para la comunicación familiar como es el comer juntos. Y para colmo, internet les da todo hecho, ya no hay lugar para la elaboración personal y menos para la imaginación.
Hace un par de años estuvimos de viaje con mi esposa y en el hotel donde nos quedamos observábamos asombrados a una joven pareja de aspecto europeo que, ya en el desayuno, sentaban a sus dos hijos que no pasaban los 5 y 3 años, frente a sendos ipads sin siquiera interactuar un momento con ellos. ¿Cómo pueden pretender después que esos niños desarrollen la capacidad de comunicarse o de compartir si desde tan pequeños ya los sumergen en una pantalla, aislados de lo que ocurre a su alrededor?
Hoy día, ya desde muy pequeños, los niños aprenden a tener todo de manera inmediata y a cualquier hora. Resulta espeluznante ver la cantidad de niños y adolescentes que no duermen por las noches porque la pasan navegando por internet. ¡Y los adultos lo permitimos! Y para peor, después nos quejamos porque no nos dan “bola”.
Queridos colegas de paternidad, ustedes son los que pagan la tele, el cable, internet, los celulares, las tablets, por lo tanto, ustedes son los responsables del uso que se le da a todo eso. No podemos delegar en nuestros hijos una responsabilidad que es NUESTRA, y que además ellos no pueden y no deben asumir.
“Es que no me hace caso” escuchamos a cada momento a los padres quejarse de niños cada vez más pequeños. Y lo que es peor aún, con esa excusa los vemos renunciar a su autoridad y a su capacidad de poner límites librando a sus hijos a una anarquía que solo los puede llevar a la confusión y el caos.
Me genera mucha bronca cuando siento a un padre llegar a la consulta y proclamar delante de su hijo/a “problemática/o”: “ya no puedo con él” ¿Qué respeto puede sentir ese niño por ese padre/madre que reconoce públicamente su impotencia?
Y entonces, cuando efectivamente ya no pueden con ellos y reproducen ese des-orden en todos los ámbitos en que se mueven, los llevan al psiquiatra para que les dé “algo que lo tranquilice” o a los psicólogos para que los “enderecemos” y les pongamos los límites a los que ellos renunciaron dejando de esa forma que ellos, sus hijos, se asuman como “problemáticos” y que deba ser medicados para poder estar bien.
No debemos olvidar nunca que los límites no solo limitan, también contienen. Los límites geográficos no solo nos marcan hasta donde va un país y donde termina el otro, también nos dan contención a quienes vivimos dentro de estas fronteras, y nos dan identidad. Si no existieran, no sabríamos donde estamos parados y nos perderíamos.
Eso es lo que le pasa al niño y al adolescente que no tiene límites, se pierde, se queda sin referencias, y cuando necesita contención, no sabe adónde pedirla, porque ¿cómo confiar que se la van a dar aquellos que se reconocieron incapaces de poder con él?

Y todo eso con la complicidad de un sistema educativo que colabora con ese modelo y con la estigmatización de cada vez más niños y adolescentes. Pero de esto último me ocuparé más adelante.
Mi colega Alejandro De Barbieri dedicó un libro entero a tratar estos temas y tuvo un éxito arrollador de ventas.
Más allá de las diferencias que podamos tener en algunos enfoques, concuerdo con él en la imperiosa necesidad de revertir lo que está ocurriendo si realmente queremos comenzar a construir una sociedad más sana.

Ahora bien, ¿por qué los padres hemos renunciado de forma tan flagrante a cumplir nuestro rol de ser los primeros educadores de nuestros hijos?
Mucho se ha teorizado y sin duda se va a seguir teorizando sobre este tema, pero me gustaría tirar sobre la mesa algunas hipótesis que me he planteado al respecto, que sin duda no serán originales pero tal vez puedan aportar a la reflexión.
En primer lugar, muchos de quienes somos padres hoy somos “hijos de la dictadura”, vivimos nuestra niñez o nuestra adolescencia en ese período oscuro de nuestra historia, donde el autoritarismo y el despotismo eran ejercidos con total impunidad por parte, no solo de las “autoridades”, sino también por todo aquel “pinche tirano” que, por estar apadrinado por el régimen, se sentía con poder y abusaba de el. Esto creo generó en nuestra sociedad, al igual que en la mayoría de los países donde se dieron circunstancias de este tipo, un verdadero “efecto pendular”. Todos hemos visto lo que ocurre cuando llevamos un péndulo hacia un extremo y lo soltamos, instantáneamente se dirige hacia el otro extremo. Es decir, el péndulo estaba en el extremo del autoritarismo y la represión y se fue instantáneamente al extremo de la falta de autoridad y la permisividad y no nos dimos cuenta que todos los extremos son malos y que si bien a nosotros nos costaba mucho ser felices en las condiciones que nos tocó vivir, a nuestro hijos les cuesta mucho en este clima de caos y desorden emocional al que los expone la falta de límites y de figuras parentales fuertes.

Por otra parte, los padres hemos desarrollado un miedo totalmente irracional a frustrar a nuestros hijos y por lo tanto, hacemos impresionantes esfuerzos para darles todo lo que piden, y no nos damos cuenta el enorme daño que les generamos con ello.
El deseo es uno de los grandes motores que tenemos los seres humanos, pero si les damos todo, no les damos la oportunidad de desear y de trabajar para lograr satisfacer ese deseo.
Pero además, todos sabemos lo costoso que es valorar algo que recibimos sin ningún esfuerzo. Y esto corre para cualquier cosa que se nos ocurra, desde lo más simple a lo más complejo. Por lo tanto, después no nos quejemos si vemos que nuestros hijos no valoran nada de lo que les damos o si, como suele ocurrir en muchos casos, asumen la “ley del mínimo esfuerzo”
Nos guste o no, la frustración es inherente a la vida. La mayor y más dolorosa frustración a los que nos enfrentamos los seres humanos es nuestra mortalidad. Por más que intentemos negarla, por más que intentemos hacer enormes esfuerzos para tratar de vencerla, la muerte es la única certeza absoluta que tenemos todos los seres vivos que habitamos sobre este maravilloso planeta.
Pero sin ir a algo tan extremo, permanentemente nos enfrentamos a frustraciones más o menos importantes, por lo tanto, frustrar a nuestros hijos o dejarlos que experimenten la frustración, también es un acto de amor y una forma de educarlos y prepararlos para una vida que sin duda no les va a tener las mismas consideraciones y cuidados que nosotros.
Uno de los grandes problemas que tienen los jóvenes y adolescentes de hoy en día es precisamente la muy baja tolerancia a la frustración. Y si a eso le agregamos que cuando sufren por ello, no encuentran figuras fuertes que puedan darles la contención que necesitan, entonces tenemos un indicio de porqué nos encontramos con tantos que no logran encontrarle sentido a la vida y terminan teniendo conductas autodestructivas.
¿Y a qué se debe esa dificultad tan grande a frustrar a nuestros hijos? Muchas pueden ser las respuestas y confieso no tenerlas, pero a modo de hipótesis, creo que las enormes exigencias que nos plantea la vida moderna y esta locura consumista en la que estamos inmersos, nos lleva a que dediquemos demasiadas horas del día a trabajar y a obtener el dinero necesario para sostener el estilo de vida que la sociedad nos impone, y eso hace que cada vez tengamos menos tiempo para estar con nuestros hijos y dedicarles atención. Y, como sabemos que eso no está bueno pero nos sentimos incapaces de parar esa “máquina infernal”,  entonces nos sentimos tremendamente culpables y buscamos reparar nuestro abandono no dejando que les falte nada, sin darnos cuenta que NADA puede sustituir lo que realmente necesitan que es nuestra activa presencia, atención y amor.
Cuantas veces nos encontramos con padres que expresan “no entiendo que le pasa ¡si tiene todo!” y cuando les preguntamos cuanto tiempo les dedican a jugar o que actividades o gustos tienen en común no saben que responder. Recuerdo un caso de un adolescente al que trajeron a consulta porque “ya no sabían qué hacer con él”. Cuando, luego de varios intentos, logré que su padre viniera a la consulta, le pregunté qué actividades hacían juntos. Me cuesta expresar la cara de confusión y asombro que el padre puso frente a la pregunta. Al principio me dijo que no entendía. Cuando le repregunté si nunca iban a ningún lado juntos o si no tenían algo en común que les gustara hacer juntos, me contestó, bastante molesto con un rotundo NO.
Ese hombre no tenía la más remota idea de lo que le pasaba a su hijo, de los impresionantes esfuerzos que hacía  para captar su atención y mucho menos del dolor que le causaba ver como todos esos esfuerzos eran infructuosos.

Por último, quiero referirme a un aspecto de la educación de nuestros hijos que creo debemos considerar.
Muchos padres manifiestan criar a sus hijos en libertad, con la muy loable intención de que sean “espíritus libres” que sepan lo que quieren y que luchen por ello. Ahora bien, si bien comparto plenamente este punto, ser libre no implica poder hacer cualquier cosa ni puede ser una licencia para convertirse en verdaderos tiranos que terminan sometiendo a sus padres a sus deseos. Hace un tiempo leí en el portal de un instituto español dedicado a la formación en Psicología, un artículo que hablaba de lo que ellos llaman el “síndrome del niño emperador” que describe claramente esto que estoy planteando.
Pero además, la libertad debe ir siempre de la mano de la responsabilidad, es decir, mal puedo ejercer mi libertad si no puedo hacerme responsable de lo que ello implica. Hace un tiempo una madre me contaba que se pensaba ir unos días para un balneario y su hijo de 15 años se negaba a acompañarlo. Ella está separada del padre de su hijo y este no podía hacerse cargo del chico, por lo que debía quedar solo en la casa. Ella planteaba que siempre había respetado la libertad de su hijo y no quería obligarlo a ir si no deseaba hacerlo. El tema es ¿puede un chico de 15 años quedarse solo varios días en su casa? ¿está en condiciones de hacerse responsable de lo que eso implica? Entonces, ¿está cumpliendo cabalmente con su rol un padre/madre que, en nombre de la libertad, expone a su hijo a riesgos que este no puede sostener?
Los padres debemos ser padres y gran daño podemos hacerle a nuestros hijos si, en nombre de una libertad mal entendida, abdicamos de nuestra autoridad y de nuestro rol.


Todo esto que he expuesto creo muy importante tener en cuenta a la hora de evaluar y diagnosticar a un niño o adolescente que llega con el “rótulo” de problemático.

jueves, 3 de diciembre de 2015

A propósito de Paris, la violencia y la muerte


Me duelen TODAS las muertes, las de Paris, las de Beirut, las de Siria, las de Palestina, las de Israel, las de Afganistán, las de Estados Unidos, las de Venezuela y las de Uruguay.
Me duelen todas las muertes porque la muerte siempre duele. Aún cuando la esperamos o cuando racionalmente sentimiento que es lo mejor, la muerte siempre duele. Y nos duele por lo que nos roba, por el otro que ya no va a estar, y por lo nuestro que se va con él. Nos duele por los que sufren por la pérdida y porque nos pone de cara con nuestra única certeza absoluta: nuestra propia mortalidad.
Pero más me duelen las muertes absurdas que son producto de la violencia. Pensaba decir irracional, pero lamentablemente, la mayoría de esas muertes absurdas son fruto de algo planificado, fríamente calculado, medido con una precisión quirúrgica. Y eso es lo que más me indigna y duele. Miles de años de evolución no han hecho más que sofisticar nuestra increíble tendencia a la destrucción, que siempre termina siendo a la autodestrucción.
Y no importa de qué bando sea, no importa quien tiene circunstancialmente la razón, no olvidemos que cada uno ve la realidad desde su punto de vista y por lo tanto siente que tiene la razón. Podremos tener distinto color de piel, distinto género, distintas creencias filosóficas o religiosas, pero la sangre de todos los seres humanos que riega los lugares donde se produce una matanza siempre es roja. Y siempre, detrás de un muerto existen padres, hermanos, parejas, hijos que sufren el desgarro en su corazón que implica la muerte.
Para colmo, en esta sofisticada insanía que implica la guerra moderna, cada vez más, los muertos son mujeres, hombres, ancianos y niños inocentes que nada tienen que ver con los obscenamente mezquinos intereses que están detrás de ellas.
Atentados terroristas como los de los últimos días en Beirut o Paris o bombardeos que caen “por error” sobre escuelas, hospitales o zonas urbanas atestadas de gente no hacen más que confirmar que los seres humanos somos considerados cada vez más como “daños colaterales” y menos como personas. No es necesario esperar futuros apocalípticos donde las maquinas se rebelan y quieren extinguir a los humanos, ya lo estamos haciendo nosotros mismos.
Y lo más triste del caso, estas escaladas de violencia no hacen más que fomentar y alimentar a las fuerzas más reaccionarias. Los Trump, Le Pen, Bush, etcétera, y toda la industria armamentista se relamen y disfrutan cada vez que una bomba estalla, sea en el lugar del mundo que sea.
Discrepo radicalmente con los que dicen que los muertos del tercer mundo no le importan a nadie, cuantos más muertos haya de uno y otro bando, más armas se venden para vengarlas.

En estos días leí un artículo de Rubén Darío Buitrón donde plantea lo siguiente:
¿Quiénes compran el petróleo al Estado Islámico? Las mismas potencias mundiales.
Pero los medios y los periodistas que manejan el discurso “occidental” (un discurso xenófobo, con complejo de superioridad, que comete el delito de discriminación por creencia religiosa, que sube los altares a sus presidentes genocidas) miran a los atacantes de París a la distancia y con miedo, como si fueran demonios.
Pero no.
Los demonios están mucho más cerca de lo que creen: son sus propios gobernantes.
Más allá de compartir prácticamente la totalidad de lo que el autor plantea, lamento agregar que esos gobernantes no llegaron al poder por decisión divina, nosotros los pusimos ahí. Negar eso, plantear teorías conspirativas de como las grandes corporaciones son las que realmente gobiernan, como si estas no estuviesen dirigidas por humanos, no hace más que intentar eximirnos de responsabilidad. El famoso “yo no los voté” tan popular por estos lados. TODOS somos responsables de la violencia de la misma forma que TODOS somos sus víctimas. Por eso, toda forma de violencia es, en definitiva, autodestructiva.
Muchos se preguntarán “¿y yo que tengo que ver con lo que ocurre a miles de kilómetros?” “¿Cómo puedo ser responsable de algo tan ajeno a mí?” Ese es precisamente uno de los principales problemas que nos impiden aproximarnos a una solución. Seguimos centrados en nuestro yo individual, viendo nuestra chacrita sin asumir que somos parte de un todo y que por lo tanto, cualquier cosa que le ocurra al todo nos afecta, de la misma forma que, aunque nos cueste comprenderlo, lo que ocurre a cada uno, afecta al todo.
Por eso, si realmente queremos comenzar a poner un límite a esta barbarie, debemos dar un verdadero salto evolutivo y pasar de la primera persona del singular a la consciencia del nosotros, a la consciencia de totalidad. Y de esa forma asumirnos como co responsables de todo lo que ocurre en la totalidad, para bien o para mal. Solo de esa forma tendremos alguna esperanza de torcer ese camino inexorable hacia la autodestrucción que la humanidad toda estamos transitando.
Hay un viejo dicho que dice, valga la redundancia, que si todos los chinos saltaran a la vez podrían torcer el eje de la tierra, con todo lo que eso implicaría. Por eso, lo importante es que no lo sepan. Y de eso se trata, de hacernos creer que no podemos hacer nada o, lo que es prácticamente lo mismo, que no seamos consciente de lo que realmente podemos hacer.
La peor forma de dominación no es por el miedo o el terror. La peor forma de dominación es a través de la ignorancia y la desvalorización, impedir que el otro se conozca y asuma su poder personal, y hacerle sentir que no tiene ninguno y que no es nadie sin su dominador.
Ahora bien, si queremos logran un cambio real de consciencia, y lo que es fundamental, que sea sostenible, debemos comenzar primero por nosotros mismos, por nuestra consciencia. Y, como cualquier modificación en algunas partes afecta al todo, nuestro cambio se irá sumando al de otros y se convertirá en una verdadera revolución. En una que realmente funcione, en una que venga desde abajo, desde las bases y por lo tanto, como vendrá de lo más profundo de nosotros mismos, sin violencia.
Si miramos la historia de la Humanidad, veremos que todas las revoluciones violentas fracasaron. Y lo hicieron por dos razones fundamentales: porque generalmente no vinieron de abajo si no de arriba, de elites iluminadas que se arrogaron el poder de saber “lo que el pueblo quiere y necesita” y por lo tanto, no surgieron de un cambio general de consciencia que le diera legitimidad y sustentabilidad. Por eso, la mayoría de las revoluciones violentas de la historia, terminaron en cruentas dictaduras que terminaron avasallando todo aquello que pretendían defender.

Ahora bien, ¿como generamos ese cambio a partir de nosotros mismos? En primer lugar, reconociendo y asumiendo nuestra propia violencia.
Todos nos horrorizamos cuando vemos las imágenes de niños muertos o mutilados, de ciudades destruidas por las bombas o cuando, como en los sucesos de Paris, vemos que no estamos tan lejos, que ya no es tan seguro ir a un toque de una banda de rock o a un partido de fútbol en una de las ciudades más importantes del orbe. Pero esas son formas de violencia extremas. También es violencia cuando destratamos a quien tenemos al lado, cuando le negamos oportunidades, cuando intentamos someterlo a nuestros deseos.
Violencia no es solo la que se practica con un arma o una bomba. Violencia no es solo el golpe que el marido le da a su esposa porque la sopa estaba fría. Violencia es también el insulto, la prepotencia, el engaño, la humillación.
Cuando un padre le dice a su hijo pequeño “no llores no seas maricón” también es violencia porque le está enseñando a reprimir sus afectos y de esa forma a negarse a sí mismo.
Y también lo es cuando, por miedo a quedarnos solos, boicoteamos las posibilidades y los deseos de crecimiento de quien tenemos al lado.
Violencia es todo aquello que de una forma u otra atenta contra la dignidad del otro. Por eso nadie se puede ni debe sentir ajeno a ella.
La mayoría de los jóvenes que irrumpen armados hasta los dientes en los colegios de Estados Unidos y disparan contra todo lo que se les pone adelante, sufrieron alguna especie de abuso o bulling. Aquí, en nuestro pequeño paisito, todos recordamos a la joven liceal que quedó en una silla de ruedas al recibir una bala perdida de otro adolescente que llevó al liceo el arma de su hermano policía, harto de las burlas y el acoso de otros compañeros.
Cuando escucho en las noticias que cientos de jóvenes europeos dejan sus casas para unirse al Estado Islámico me pregunto: ¿qué habrán vivido y vivirán esos jóvenes para tomar tamaña decisión? Posiblemente nunca sepa la respuesta, pero no creo equivocarme mucho si pienso que nosotros mismos, como sociedad los hemos empujado hacia allí.


Por eso, en vez de mirar horrorizados lo que ocurre en otras partes del mundo, propongo que cada uno de nosotros miremos hacia adentro y tengamos el valor de reconocer nuestra propia violencia a partir de allí, asumamos el firme propósito de lograr un cambio que sea el germen de la verdadera lucha por la paz y la convivencia que tanto necesita la Humanidad toda. Sólo así podremos realizar el salto evolutivo que nos permita detener la autodestrucción y alumbrar un horizonte de esperanza para toda la Creación.

viernes, 25 de septiembre de 2015

Nuevo sitio web

Tengo el agrado de comunicar la apertura de mi nuevo sitio web donde a partir de ahora podrán encontrar mis nuevas publicaciones.
La dirección es:        
                             rafaelperandones.com

En los próximos días iré migrando los contenidos de este blog hacia allí aunque este sitio seguirá abierto.

Los espero.

domingo, 20 de septiembre de 2015

HACERNOS CARGO

La recientemente publicada foto del niño sirio muerto en la orilla de una playa europea ha desatado una ola de indignación generalizada, que obviamente comparto, y un sentimiento común en todo el mundo de que es necesario hacer algo para, por un lado atender la urgencia de la catástrofe humanitaria de cientos de miles de refugiados, y por otro, para detener la barbarie que la genera.
La imagen es por demás elocuente y es imposible permanecer impasible ante ella, pero no es muy distinta a muchas otras que han aparecido a lo largo de los años. En estos días han aparecido recicladas las imágenes como la de los niños vietnamitas corriendo desnudos huyendo del napalm con que bombardeaba el ejército norte americano o la horrenda del buitre esperando que el completamente desnutrido niño africano muera para hacerse de su cadáver. Todas estas imágenes, cuando fueron publicadas, generaron el mismo horror y la misma indignación, y sin embargo poco hemos podido hacer como civilización para modificar esa realidad.
Me pregunto y espero de todo corazón equivocarme en la respuesta que intuyo, ¿Cuánto tiempo va a durar esta oleada de solidaridad con los refugiados que campea a lo largo y ancho del planeta? ¿Será que esta vez realmente nos haremos cargo del problema y le encontraremos una solución? ¿O será que una vez que pase el impacto inicial volveremos al deporte favorito del ser humano: desligarnos de la responsabilidad y colocarla en cualquiera que no seamos nosotros mismos?
Somos parte del todo que implica la Humanidad, por lo tanto, como cualquier modificación en una de las partes afecta al todo, no podemos hacernos los distraídos. Y mucho menos ahora, globalización mediante, el drama de los refugiados nos golpea en la cara, y si no, pregúntenle a cualquiera que pase por la plaza Independencia en estos días.
Pero además, ¿quién no tiene en este país un ancestro que no fuera un refugiado?, ¿quién no tiene un familiar o un amigo cercano que no haya estado refugiado, sea por razones políticas o económicas? No es un tema que nos sea ajeno.
Por lo tanto, y vuelvo al todo y la parte, como parte de la Humanidad que integramos, TODOS somos co-responsables de lo que ocurra en ella, y debemos hacernos cargo de ello.
Ahora bien, nada va a cambiar si no comenzamos por un cambio profundo en nosotros mismos.

“Cuando era joven y mi imaginación no tenía límites, soñaba con cambiar el mundo. Cuando me hice más viejo y sabio, descubrí que el mundo no cambiaría: entonces restringí mis ambiciones, y resolví cambiar a mi país. Pero el país también me parecía inmutable. En el ocaso de la vida, en una última tentativa, quise cambiar a mi familia, pero ellos no se interesaron en absoluto, arguyendo que yo siempre repetía los mismos errores. En mi lecho de muerte, por fin, descubrí que si yo hubiera comenzado por corregir mis errores y cambiarme a mí mismo, mi ejemplo podría haber transformado a mi familia. El ejemplo de mi familia tal vez contagiara a la vecindad, y así yo habría sido capaz de mejorar mi barrio, mi ciudad, el país y ¿quién sabe? cambiar el mundo.”[1]

El texto precedente describe maravillosamente lo que quiero plantear: no podemos pretender que los demás se hagan cargo de sus responsabilidades si primero no comenzamos por nosotros mismos.
La palabra responsabilidad no goza de mucho prestigio, tal vez porque la mayoría de las personas la tienen muy asociada a una de sus acepciones y que tiene que ver con las obligaciones. Sin embargo, quiero referirme a dos acepciones que me parecen mucho más interesantes y estimulantes: “capacidad existente en todo sujeto activo de derecho para reconocer y aceptar las consecuencias de un hecho realizado libremente”, y la que más nos gusta a los gestaltistas, la “response-ability” o “habilidad para responder”.
Detengámonos un momento en la segunda acepción. La habilidad para responder implica necesariamente que antes de responder tengo que tener muy claro cuáles son mis habilidades. Es decir, implica un verdadero conocimiento de mí mismo y de mis recursos, tanto internos como externos. Y aquí lo enganchamos con la acepción anterior. Si realizo una elección libre y plenamente consciente de mis posibilidades, no voy a tener ningún problema para hacerme cargo de las consecuencias que esa elección genere.
Ahora bien, como esto está muy lejos de la omnipotencia, ser “hábil para responder” también implica conocer muy bien mis limitaciones y de esa forma no comprometerme con aquello con lo que sé de antemano que no puedo. Ser responsable no implica ir en contra de nuestras posibilidades. Ser responsable implica ser conscientes de nuestras limitaciones y por lo tanto reconocer cuando no podemos con algo. Eso es también ser responsable.
Un ejemplo: me apasiona el futbol, toda mi vida quise jugar pero lamentablemente ese nunca fue uno de mis aspectos destacados. De todas formas, cada tanto fantaseo con la posibilidad de intentar en alguna liga senior. Hace poco un paciente trajo a la sesión que está jugando en un equipo en una liga amateur. Él tiene mi misma edad por lo que automáticamente volvieron a mi los deseos de explorar la posibilidad de encontrar un lugar. Sé que más allá de mi falta de condiciones para el deporte, jugar en un equipo, por más amateur que sea implica un compromiso, hay que estar todos los domingos de mañana, hay que entrenar, hay que ser consistente. Por otra parte, tengo algunos problemitas de salud por los que debo cuidarme y no sé si el futbol es uno de los deportes que puedo realizar. En resumen, mi deseo es muy grande, es además una de las asignaturas pendientes en mi vida, si actúo por impulso, el próximo domingo estoy en alguna de las muchas canchas donde se practica pidiendo una oportunidad. Pero sé, aunque me duela reconocerlo que no estoy en condiciones de sostenerlo. Sé que tendría que tomarme el entrenamiento muy en serio y no tengo ni el tiempo ni las ganas para hacerlo. Sé que si me comprometo no puedo dejar colgado a mis compañeros, y sé que mi familia se va a tener que “bancar” mi mal humor si las cosas no salen como espero. Así que, con el dolor del alma, debo asumir mi “herida narcisista” y actuar responsablemente no metiéndome en un problema que no puedo ni tengo las ganas de sostener.
Conozco muchos hombres de mi edad o incluso mayores, que al separarse se vinculan con mujeres mucho más jóvenes, algunas incluso más jóvenes que sus hijos. Muchas veces encuentran, y nunca falta alguna, mujeres que tienen carencia de figura paterna y la proyectan en ellos, y a su vez, les alimenta el ego sentirse vigentes y jóvenes al ver que pueden seducir a alguien muchos años menor. Pero lamentablemente, en la mayoría de los casos se están comprando un problema. Los intereses y momentos evolutivos son muy disímiles, y si bien en la etapa de enamoramiento todo parece posible, a medida que van profundizando en la relación se van dando cuenta que las diferencias son cada vez más difíciles de subsanar y lo que parecía muy bueno, termina convirtiéndose en una gran frustración que fácilmente se podría evitar asumiendo la realidad y actuando responsablemente.

Me gusta decir que la Psicoterapia Gestáltica debería llamarse la “Terapia de la responsabilidad”. Desde el presupuesto metodológico de hablar siempre en primera persona, pasando por el uso que hacemos del “darse cuenta” como punta pie inicial para cualquier transformación, hasta el que sea una terapia centrada en el “aquí y ahora”, todo apunta a que nos hagamos cada vez más conscientes de nosotros mismos y de esa forma logremos la meta fundamental de nuestro abordaje: que cada uno se convierta en la mejor versión de sí mismo y de esa forma alcance el auto sostén.
Quiero aclarar este último aspecto. Auto sostén no implica auto suficiencia, sino todo lo contrario, cuando más auto sostenido estoy, más consciente soy de mis recursos o habilidades y de mis carencias, por lo tanto, sé hasta donde puedo y hasta donde no, por lo tanto, se pedir cuando necesito la ayuda de los demás.
Uno de los aspectos fundamentales en el trabajo dentro de la Psicoterapia Gestáltica consiste en lograr que la persona sea consciente del “como” y el “para que” de lo que hace. Cómo es que repito siempre las mismas conductas y  para qué me sirve hacerlo, cuál es el “beneficio secundario” que obtengo. Pero el  “darse cuenta” no sirve de nada si no va acompañado de una asunción de la responsabilidad que ello implica.
Joseph Zinker, uno de los más importantes exponentes de nuestra corriente desarrolló hace ya muchos años un concepto fundamental de este abordaje, el “ciclo de la energía” o “ciclo excitacion-contacto-retirada” que describe magníficamente la irrupción, desarrollo y resolución de una gestalt o figura dentro del continuo “figura-fondo”. Este ciclo se inicia con la sensación, el momento en que la figura irrumpe, sigue con el darse cuenta, momento en que tomo consciencia de la figura, luego llega el momento de la movilización de la energía en que realizo la estrategia que me va a permitir resolver la gestalt, acto seguido viene la entrada en acción, momento en que comienzo a realizar aquello que planifique, luego viene uno de los momentos más importantes, el contacto, cuando tomo contacto  con la figura y la resuelvo, y finalmente, el momento de la retirada en que, una vez resuelta la figura, retiro mi energía, la situación vuelve al fondo y puede emerger una nueva figura. Un ejemplo que me parece muy gráfico es el siguiente: estoy concentrado en algo que en ese momento es mi figura pero de repente comienzo a sentir una sensación que me empieza a perturbar y distraer, hasta que comienza a desplazar lo que estoy haciendo y se impone como figura. Allí me doy cuenta que siento hambre, así que realizo un inventario mental de los recursos con los que cuento a los efectos de saciar mi necesidad: recuerdo que tengo un trozo de queso y un poco de jamón en la heladera. Por lo tanto, me pongo en acción, voy a la cocina y me preparo un sándwich. Hago contacto con mi necesidad, como y de esa forma, al saciar mi hambre, este desaparece como figura, me retiro y puedo volver a concentrarme en lo que estaba haciendo o en alguna nueva figura que emerja.
Esa es precisamente la forma de hacerme cargo de mis necesidades y de mis deseos. De nada sirve tomar consciencia, si luego no hago algo al respecto.
Todos somos de alguna forma, producto de nuestra historia. Todos configuramos una forma de estar en el mundo a partir de lo que hemos aprendido desde el comienzo de nuestra vida en este planeta. Si una persona nace y crece en un ambiente de violencia, es sumamente probable que eso sea lo que reproduzca a lo largo de su vida. Ahora, si en un momento, la persona toma consciencia de los mecanismos que lo llevan a repetir esos modelos y realmente desea diferenciarse de ello, entonces, no le va a servir de nada “llorar sobre la leche derramada” y lamentarse por la vida que le tocó. Lo que realmente le va a permitir cambiar esa realidad es lo que él/ella haga de ahí en adelante, que asuma su realidad y trabaje para cambiarla.
No está bueno que, al tomar consciencia de mi hambre, espere que otro lo perciba y se haga cargo de saciarlo. Sin embargo eso es lo que hacemos muchas veces, esperamos que el otro se “dé cuenta” de lo que necesito y nos enojamos si no lo hace. “Tendrías que haberte dado cuenta que estaba mal y quería hablar contigo” ¿Cuántas veces habrán dicho o escuchado esta frase? Pero, ¿de quién es la necesidad? Si esperamos que los demás se hagan cargo de lo que necesitamos o deseamos, muy probablemente nos frustremos. Y muy probablemente, al proyectar la satisfacción de ello en el ambiente, seguramente lo que terminemos generando sea una relación de dependencia dado que nos terminaremos convenciendo de que la solución no está en nosotros sino en el afuera.
Obviamente, muchas veces necesitamos del otro para satisfacer una necesidad o un deseo, pero lo que corresponde en ese caso es que nos hagamos cargo de eso y lo pidamos, asumiendo de esa forma el riesgo de que el otro no esté disponible para nosotros, pero teniendo éste también que asumir su responsabilidad sobre la respuesta que nos dé.

Trabajando con parejas he observado muchas veces como les cuesta hacerse cargo a uno y al otro de lo que siente, y como terminan muchas veces en rebuscadas actuaciones de los conflictos que no solo no aportan ninguna solución, sino que terminan “embarrando” cada vez más la “cancha”.
He visto más de un caso de personas que frente al sentimiento de estancamiento de la relación terminan generando situaciones que “pateen el avispero”. Por ejemplo, hoy día, resulta bastante común dejar como al descuido el celular o la sesión de Facebook abierta con algún diálogo comprometedor, con las consabidas reacciones que se generan cuando el otro lo encuentra. Se me podrá decir que ese tipo de “actuaciones” son inconscientes, y podemos estar de acuerdo, pero cuando uno trata de indagar en cómo estaban las cosas antes que eso pasara, lo más frecuente es que encontremos que, al menos uno de los miembros de la relación, se sienta frustrado e insatisfecho con cómo están las cosas. Entonces, ¿no es más fácil plantear lo que sentimos y tratar de generar un diálogo que procure una solución? O si lo que quiero es terminar la relación, ¿no es mejor, expresarlo y evitar de esa forma que la separación se dé de una forma conflictiva y traumática que termine opacando todo lo bueno que seguramente la relación tuvo?
¿Cuántas veces observamos que se busca a un tercero que venga a definir aquello que no nos animamos a hacer y que además, se haga cargo de las culpas?
Me ha pasado trabajar con parejas que a todas luces son muy disfuncionales y en la que ambos miembros son conscientes de lo insostenible de la relación. Sin embargo, ninguno de los dos quiere hacerse cargo de la responsabilidad de ponerle fin y entonces, actúan el conflicto delante mío como esperando que sea yo quien les diga que no pueden seguir juntos. En más de una ocasión, cuando les muestro esto y les digo que yo no me voy a hacer cargo, dejan de venir. Sería todo mucho mejor, y a la larga mucho menos doloroso, si asumieran lo que les está ocurriendo, y ahí sí, contar con mi ayuda para lograr que la separación, si es lo que corresponde, se dé de la mejor manera posible.
Y ¿qué decir de los padres que depositan en nosotros la responsabilidad de poner los límites o frustrar a sus hijos niños o adolescentes? O lo que es peor, que transfieren responsabilidades a sus hijos que, obviamente estos no pueden asumir, subvirtiendo totalmente los roles y convirtiéndose en hijos de sus hijos.
Hace un tiempo trabajé con una familia en la que la hija de nueve años era la que se tenía que encargar de calmar al padre cuando venía alcoholizado y se ponía violento con la madre. Cuando le pregunté a la madre por qué no era ella quien ponía el límite y de esa forma cumplía con su rol y protegía a su hija, me dijo: “porque a mí no me hace caso y a ella sí”.
Cargamos a nuestros niños y adolescentes con responsabilidades que exceden largamente sus posibilidades, ¡y todavía queremos que rindan en escuela y no estén ansiosos!
Me tiene sumamente preocupado la cada vez más creciente “psiquiatrización” de nuestros niños y adolescentes que observo día a día sobretodo en la institución en la que trabajo y fundamental que nos hagamos cargo de ese problema si realmente queremos cambiar esa realidad. Pero de eso me ocuparé más profundamente en mi próximo trabajo.

Para terminar, quiero recordar que solo podremos cambiar “La Realidad” si primero cambiamos nuestra realidad personal y que, lejos de limitarla, ser responsables acrecienta nuestra libertad.
El ser libre implica una gran responsabilidad, y a su vez, cuanto más responsables, más libres somos.



[1] Epitafio de la tumba de un obispo anglicano en la Abadía de Westminster.

domingo, 12 de julio de 2015

¿Que nos está pasando a los hombres?

Hombres que abandonan a sus parejas pocos meses después de haber parido, padres que se divorcian y también lo hacen de los hijos viéndolos, cuando lo hacen, cuando quieren y siempre y cuando no interfiera con otras actividades o que, cuando les toca estar con ellos, los dejan a cargo de abuelos, otros familiares o amigos como si fueran una pesada carga que mejor compartir con otros o, lo que es peor, haciendo que los otros se hagan cargo.
Y ni que hablar de la violencia. Ya me ocupé en el artículo anterior acerca de la violencia de género, pero no puedo no volver referirme a ella. ¿Que nos lleva a los hombres a violentar de forma tan cruel a nuestras compañeras o a lo más sagrado que podemos tener, nuestros hijos?
Convengamos que violencia es todo y no solo los golpes. Violencia es humillar a la pareja haciéndola callar cuando no estamos de acuerdo con lo que está diciendo, o porque no nos parece importante lo que opina o porque tenemos miedo a que nos haga pasar vergüenza; es ocultar ingresos para que no entren en la pensión alimenticia; es boicotear los límites que la madre intenta poner a sus hijos; es intentar convencer a la pareja de que lo de ella nunca va a ser más importante que lo nuestro y por lo tanto lo de ella puede ser prescindible y lo nuestro no. En fin, violencia es cualquier cosa que mancille física o psicológicamente la integridad del otro y que deja huellas mucho más profundas que los moretones.

Hace unos años trabajé con un adolescente que tenía consumo abusivo de sustancia. Cuando llegó a mi consulta había probado todo tipo de cosas, a cual de todas más dañinas y en esos momentos estaba inhalando nafta. Recuerdo claramente el gran esfuerzo y los múltiples intentos fallidos que tuvimos que realizar para que su padre viniera a la consulta. Cabe acotar que sus padres estaban separados desde hacía varios años y su padre había formado una nueva familia por lo que no estaba muy al tanto de lo que pasaba con este hijo al cual no veía muy frecuentemente. Ni bien comenzamos a hablar, él comenzó a minimizar el problema dejando más que evidente su total desconocimiento del mismo y al que reducía a una típica “travesura” adolescente de fumarse un “porro” de vez en cuando. Así que le pedí a mi paciente que le contara a su padre todo lo que había consumido. Él, con una inocencia muy poco frecuente en un joven de su edad, fue describiendo detalladamente cada sustancia que había probado y los efectos que habían tenido. Su padre mostraba cada vez más su asombro que llegó a su punto máximo cuando le pedí que le contara lo de la nafta. Con lujo de detalles le contó cuanto hacía que estaba en eso, como la conseguía y como la consumía. Los ojos desorbitados del padre mi hicieron pensar que todo eso realmente lo había conmovido. Se despidió de la consulta diciéndome que estaba dispuesto a hacer todo lo que fuera necesario para ayudar a su hijo y que estaba a mi disposición para venir todas las veces que fuera necesario. Fue la última vez que lo vi. Mi paciente me contó que cuando salieron del consultorio su padre le acompaño hasta su casa y le prometió muchas cosas pero sobretodo le prometió estar más cerca de él. Pasó un mes entre ese día y la siguiente vez que le vio. De las cosas que le prometió no cumplió con ninguna y lo mejor que hizo por su hijo fue, cuando el chico, harto de la disfuncionalidad de su familia y de la soledad en que sentía esta lo sumía, pidió que lo internaran, mover contactos para conseguirle una buena clínica que se ocupara de él.

Él se quedó fascinado con ella desde el primer día que la vio en el trabajo que ella tenía en ese momento. Ella era sumamente bonita y atractiva y sus encantos le resultaban muy funcionales a la tarea que desempeñaba (aclaro que era una actividad que no tenía nada de cuestionable por si alguien piensa lo contrario) Luego de mucho trabajo y constancia, él logró que ella aceptara salir y comenzaron una relación. Al poco tiempo de estar juntos él le pidió matrimonio. Ella venía de una experiencia de familia original bastante frustrante por lo que no se sentía muy atraída por la idea, pero tanta fue la insistencia que terminó aceptando. Allí comenzó su calvario. Vinieron a la consulta porque ella le planteó que solo seguiría con él si hacían una terapia de parejas. 
De entrada quedó en evidencia que todo aquello que a él le había atraído de ella era lo que les separaba. Cabe acotar que ella había cambiado de trabajo y ya no estaba tan expuesta pero el nuevo le exigía estar siempre bien vestida y con cierta producción. Él no podía con sus celos. La sensación que daba era que su deseo era recluirla en su casa y tenerla solo para él. Le cuestionaba su forma de vestir, su forma de comunicarse con los demás, le controlaba su mail, su celular, en fin, quería que dejara de ser ella o que solo lo fuera para él. 
De más está decir que ella se sentía absolutamente asfixiada y que, por más que le quisiera, ya lo toleraba el precio que la relación le imponía.  Lamentablemente él no logró trascender sus miedos, inseguridades y necesidad de control y nunca, al menos mientras tuve contacto con ellos, pudo comprender que le mejor que le podía pasar era que una mujer como ella le eligiera y estuviese dispuesta a luchar por ser feliz a su lado. Y la terminó perdiendo.
¡Cuanto nos cuesta a los hombres comprender que nuestras parejas no son de nuestra propiedad y respetarlas y valorarlas como corresponde para que, en su libertad más absoluta, nos elijan!. No existe mayor afrodisiaco que sentirnos deseados y elegidos por nuestras parejas día a día.

Podría contar infinidad de historias de este tipo con las que lamentablemente me encuentro casi a diario. Tal vez por eso elegí ser terapeuta de parejas y de familias, para intentar aportar mi pequeño granito de arena para cambiar esta realidad.

Me podrán decir, y obviamente se que es así, que todos respondemos en función de lo que hemos aprendido. Si fui un niño abandonado por mi padre, es muy probable que repita la historia con mis hijos, etcétera, etcétera, pero no puedo evitar sentir que muchas veces, por no decir en la mayoría de los casos, eso, más allá de que sea correcto, se vuelve una excelente excusa para uno de los deportes favoritos del ser humano, poner la responsabilidad fuera de nosotros y no hacernos cargo de lo que nos corresponde. Nuestra historia nos condiciona si, pero no puede ser la excusa eterna para no cambiar y no asumir la responsabilidad de nuestras vidas y de lo que generamos con ella.

No acepto, no puedo hacerlo que alguien no se haga responsable de la gestación de un hijo. Cada vez existen métodos anticonceptivos más precisos y están disponibles para todo el mundo. Querido congénere, para gestar un niño es necesario que algo llamado espermatozoide, que sale de tu cuerpo se junte, dentro del cuerpo de tu pareja, con algo que sale de sus ovarios que se llama ovulo. Existe una sola forma de hacerlo naturalmente y ha sido así por milenios, por eso, si tu no quieres que eso ocurra, debes usar un implemento llamado preservativo que los hombres han usado desde hace miles de años (hay evidencia de que los egipcios ya los usaban). Si por accidente, que obviamente puede ocurrir, al sacártelo contestaras que está roto, puedes ir a la farmacia más cercana, que por suerte en nuestro país abundan, y comprar un anticonceptivo de emergencia. Eso es lo menos que puedes hacer si realmente eres responsable. Si no quieres asumir la responsabilidad de un hijo, y estás en todo tu derecho de no quererlo, se al menos responsable de evitar concebirlo.  

Se que no soy objetivo, no puedo serlo dado que estoy profundamente implicado. Escribo desde la vergüenza de género que me genera observar día a día lo que los hombres hacemos en nombre de un “machismo” que ha sido muy mal entendido a lo largo de la historia. Y escribo desde mi sueño con un mundo donde hombre y mujer seamos realmente iguales. O mejor dicho, donde nuestras diferencias naturales, tan necesarias y disfrutables por cierto, no nos separen si no que nos encuentren en una relación horizontal, de pares y donde ninguno sea más que el otro.
Y sueño también con un mundo donde los niños varones puedan estar en contacto con sus emociones, que puedan expresar su dolor sin miedo a que nadie reprima su llanto, sus miedos sin que nadie les trate de maricones, que puedan mostrar su sensibilidad sin que eso los exponga a burlas o al bulling. Un mundo donde no importen los colores con los que elijamos vestirnos o si preferimos mirar la novela antes que un partido de futbol. Un mundo donde los hombres seamos hombres en todo el sentido de la palabra, completos y podamos sentirnos orgullosos de ello.

viernes, 29 de mayo de 2015

ACERCA DE LA VIOLENCIA DE GÉNERO

La violencia doméstica, la violencia de género o mejor, la violencia en general, tiene su origen en el propio Génesis. El primer episodio de violencia doméstica registrado es precisamente el fratricidio de Abel por parte de su hermano Caín motivado por los celos enfermizos del segundo por lo que consideraba era un trato privilegiado de sus padres hacia su hermano.

Usualmente se tiende a identificar a la violencia doméstica con la violencia de género y si bien muchas veces se dan juntas, la segunda refiere a la violencia hacia el otro género, principalmente al femenino, en cambio la violencia doméstica tiene más que ver con lo vincular, independientemente del género de la víctima o del victimario. Es más, la violencia de género incluye otras formas de violencia que no se dan dentro del núcleo familiar como por ejemplo, el acoso laboral o la cosificación de las mujeres en tanto objetos sexuales.

Quienes me conocen saben de mi profunda vinculación con lo femenino, cuatro hermanas, cuatro hijas, siete sobrinas, madre, abuelas, tías, suegra, cuñada, muchas y excelentes amigas con las que he logrado vínculos muy profundos desde siempre, compañeras de trabajo y de estudio, en un mundo, como es la Psicología, ampliamente dominado por las mujeres, y sobre todo, una esposa a quien amo profundamente desde el primer día y con quien compartimos nuestras vidas hace ya más de veintisiete años. En fin, siempre me he sentido muy consustanciado con este mundo y siento que eso me ha ayudado de manera decisiva a desarrollar mi ánima y tal vez por eso me duele tanto, a la vez que me produce una profunda vergüenza la violencia de género, en todas sus formas, desde las más sutiles a las más flagrantes.

Pero volvamos al Génesis. Según este relato del mito de la Creación, luego de crear Dios todas las cosas, decidió crear al hombre (varón, no genérico) a su “imagen y semejanza” y regalarle todo, y luego, al ver que “no es bueno que el hombre esté solo”, lo sumió en un profundo sueño y de una de sus costillas (no de Dios, del hombre) creó a la mujer.
Me cuesta mucho aceptar esta versión, que creo encierra las semillas de la discriminación y la dominación. Me gustaría mucho más una donde dijera que “Dios, al observar toda su Creación, decidió crear a alguien que cuidara, protegiera, se hiciera responsable de todo eso y por eso, tomó barro de la tierra (para reafirmar que de allí venimos y somos uno con ella) moldeó dos figuras y les dio su aliento divino. Hombre y Mujer los creó para que JUNTOS, se hiciesen cargo de todo lo creado”.
Pero no termina aquí la cosa, El mismo texto hace a la mujer responsable de la “caída del Paraíso”. Este relato, que deja al hombre muy mal parado, como un ser totalmente influenciable, sin criterio propio, tal vez para reafirmar aún más la responsabilidad de la mujer en el “pecado original”, consagra de alguna forma, la idea de que “no se las puede dejar solas y por eso el hombre debe estar por encima”, que nos ha venido acompañando desde los albores de los tiempos hasta nuestros días.
Esta visión de la realidad, escrita seguramente por hombres, como la casi absoluta mayoría de la Historia de la Humanidad, no hace más que consagrar la idea de que éste no es uno más en la Creación, sino que está por encima de ella, al igual que de las mujeres, y por ende puede hacer uso y abuso, como ha ocurrido a lo largo de los milenios desde que el homo sapies se irguió y tomo distancia del resto de las especies del reino animal.
El Tantra, filosofía oriental milenaria, propugna el crecimiento espiritual y su desarrollo a través de la unión de los opuestos. El principio masculino unido al principio femenino en un abrazo fecundo que implica la totalidad. Dice también, que el principio masculino, Shiva, alejado del femenino, Shakti, cae fácilmente en el caos y la destrucción.
El Dr. Carl G. Jung planteaba que el culmen del proceso de individuación se alcanza cuando se logra la integración de los opuestos, el ánima, lo femenino en el hombre y el animus, lo masculino en la mujer, y de esa forma se produce el desarrollo pleno de la psiquis humana.
Es que el uno sin el otro estamos rengos, disociados y caemos fácilmente en la desolación que nos lleva fácilmente a la necesidad de control.

El hombre, referido aquí al género masculino, ha logrado a lo largo de la historia prácticamente todo lo que se ha propuesto. Ha dominado todo lo que se le ha antojado, ha puesto incluso su pie en la luna y piensa en Marte como su próximo objetivo. Ha logrado un desarrollo tecnológico que cuesta creer y que no hace muchos años parecía ciencia ficción pura. Cuesta asimilar la idea de que puedo escribir esto en mi teléfono celular y que al instante pase a la “nube” y por lo tanto se pueda acceder a ello en cualquier recóndito lugar del planeta.
Sin embargo, hay dos cosas que el hombre no ha logrado y que se han convertido en sus más grandes “heridas narcisistas”: vencer a la muerte y que en su interior se geste el “maravilloso milagro de la vida”.

En mi libro “Encuentro con el Brujo” esbocé mi teoría que di en “envidia del útero” en referencia a la teoría freudiana de la “envidia del pene” y comencé a desarrollarla, algo que excede mi intención en este momento, por lo que, a quien le interese, le invito a leer el capítulo referido a ello: “La Mujer Nahual”, disponible también en este blog.
Sin embargo, me gustaría adentrarme un poco en el tema.
La “herida narcisista” que implica no poder “ser madre”, siento ha generado en los hombres un alejamiento notable y un fuerte rechazo de su ánima, de todo “lo femenino” que pueda encontrar en él. El padre dice al niño, por pequeño que este sea, “no llores, no seas maricón, los hombres no lloran” y de esa forma le enseña a reprimir sus afectos, porque ser sensible es “cosa de mujeres”. Si a un varón le gusta más leer poesía que jugar al fútbol, automática mente surge el “este debe ser medio rarito”, con la consiguiente segregación. En fin, podría poner infinidad de ejemplos que ilustren el fuerte rechazo y la negación que la mayoría de los hombres sienten sobre “lo femenino” que hay en ellos.
Y por otro lado, de la misma forma que intenta controlar y mantener bajo siete llaves a su ánima, siente la imperiosa necesidad de controlar y dominar a la mujer.
Los seres humanos siempre hemos tenido la tendencia a demonizar y aniquilar todo aquello que no comprendemos o que escapa a nuestro control en una suerte de “formación reactiva” que busca ponernos a salvaguarda de aquello que por ser tan perturbador, sentimos que pone en riesgo nuestra identidad.
El problema es que los hombres no pueden ni nunca pudieron prescindir de las mujeres, por lo tanto, la única solución que encontraron a lo largo de la historia fue someterlas de las más variadas formas y para eso ha utilizado los más variados mecanismos de dominación.
Todos tendemos a asociar la violencia de género a la forma tal vez más grave: la violencia física, que va desde los golpes a la mutilación y que llega a límites extremos como lamentablemente vemos casi a diario tal vez respondiendo a la sentencia retratada en el cine y en la música de “la maté porque era mía” que, más allá del cliché, hace referencia a la idea ancestral, tal vez desde que Adán se entera que Eva proviene de una de sus costillas, de que la mujer es de propiedad del hombre. Basta ver que muchos hombres se refieren a sus parejas como “mi mujer” o que hasta no hace mucho, las mujeres firmaban como “de” y el apellido de sus esposos, o como ocurre en otro países, que directamente la mujer renuncia a su apellido para adquirir el de su cónyuge, como si el contrato de matrimonio convalidara un derecho de propiedad.
Pero además de ésta, existen formas mucho más sutiles de dominación que el hombre ha ido refinando a través de los siglos. La violencia psicológica que busca doblegar la integridad psíquica del otro, utilizando para ello la desvalorización, la degradación o la humillación, contando para eso, lamentablemente en muchos casos, con la complicidad de las propias mujeres que, por haber sido criadas en esos parámetros, colaboran para sostener el modelo convenciendo muchas veces a sus hijas, por ejemplo, de la necesidad de “tener un hombre al lado”. Como decían en mi pueblo, “tenés que conseguirte un novio o te vas a quedar a vestir santos”. Tan profundo llega la huella del sometimiento y la dominación que todos conocemos casos en que la víctima termina identificándose con el agresor y justificando las aberraciones más atroces.
Pero sin legar a esos extremos, sincerémonos, ¿cuántos  hombres confían realmente en una mujer? Los estadounidenses, auto proclamados paladines de la democracia, prefirieron antes votar a un  presidente negro, con todo lo que esto implica, antes que a una mujer. Si un hombre debe consultar a un especialista por una enfermedad complicada y tiene como opciones a un hombre y a una mujer, ¿cuántos eligen a la mujer? Sin un hijo se enferma, ¿quién falta a trabajar y quién se queda en casa a cuidarlo? Si en una casa hay un coche europeo y un auto chino, quien maneja uno y quien el otro? Aunque no lo parezca, porque están demasiado naturalizadas en nuestra sociedad, esas también son formas de violencia de género.

Ahora bien, ¿qué hacemos con todo esto? Como hombre comprometido en la búsqueda de caminos que colaboren a cambiar esta realidad, lo primero que me surge es pedir perdón en nombre de mi género de milenios de violencia, discriminación, persecución e injusticia en el entendido que la reconciliación solo es posible si antes hay un reconocimiento del daño. En segundo lugar, mi reconocimiento público de mi convencimiento de que el verdadero “sexo fuerte” es el femenino. Los hombres podremos hacer proezas físicas increíbles, pero ningún hombre es capaz de soportar lo que logra una mujer, desde un parto, pasando por todo lo que implica, por ejemplo un embarazo complicado, al dolor inenarrable de la pérdida de un hijo. He conocido muchas mujeres que toleran estoicamente vejámenes de los más bajos para ver a sus parejas o a sus hijos semana tras semana privados de libertad y he visto también mujeres pasar hambre literal y simbólicamente hablando, con tal de darle a sus hijos lo que necesiten y más. ¿Cuántos hombres son realmente capaces de esto?


Por todo esto y por la profunda admiración que siento por el género femenino es que desde hace muchos años estoy comprometido con la idea de un cambio de consciencia que nos permita evolucionar de nuestro yo individual y narcisista a una consciencia del nosotros, de que no somos los “amos de la creación” sino uno con ella y por lo tanto podamos ver al otro sexo como nuestro par y así poder reconocerlo, honrarlo, valorarlo y respetarlo como se merece. Convencidos además de que solo a través de la integración amorosa de los opuestos podremos lograr los cambios necesarios que nos alejen de la autodestrucción como Humanidad.